miércoles, 12 de diciembre de 2012

I




Oh, Dios mío. Su expresión, ¿os acordáis de ella? Esa expresión que todos los días traía con él. Es como si nos clavara en el suelo, como si nos hiciera intuir algo que él podía ver claramente, ¿no? -Maribel buscó cabezas asintiendo a su alrededor-¿No es así?
Tienes razón-dijo el Maestro- . Si hubiéramos hecho algo al respecto tal vez él ahora no… no hubiera pasado lo que ha pasado.
Don Zoilo cortó un puro y carraspeó como si fuera a decir algo, pero la conversación estaba atascada y se estaban prolongando diálogos previsibles, sin gracia. En lugar de palabras expulsó un bufido húmedo, una ligera lluvia de saliva que formó unas minúsculas gotitas en el sofá de la habitación. Pensé que si fuera una mota de polvo me ahogaría en su saliva, en un lago rodeado por una pradera de cuero.
Precaución –dijo el Maestro. - Estas cosas pasan por no tener cuidado. ¡Cómo podía tener el joven una vida tan solitaria! Vamos, es de vergüenza. Vivía ahí solo cerca de la carretera. Sin amigos ni familia. Y no hicisteis nada. Bueno, ni yo tampoco, claro.
Quizás –dije- estaba cansado.
Cansado, sí… ¡Cansado de la sociedad! Se cansó de que nos preocupáramos por él, ¿no? ¡Se cansó! -y encogió los hombros haciéndose el tonto.
Bueno, al menos ya me he cansado de usted, Maestro. No hay nada que discutir aquí - me levanté con cierta agresividad-. Sigan parloteando como viejas. Yo ya he acabado aquí.

Abandoné el ayuntamiento a paso ligero y respiré hondo para renovar el aire que circulaba en mis venas.  Quizás todavía llevaba la saliva de Don Zoilo impregnada a los pulmones. Y allí probablemente quedarían atascadas esas gotitas años y años y más años… en un bosque de fibras, conviviendo con la fauna de las bacterias.

En medio de estos pensamientos, durante el camino hacia mi casa vi el trigo oscilar a lo lejos en mareas de amarillo. La imagen era sumamente relajante y quedé flotando en la brisa ahilada. Mientras las cortinas iban y venían, surgió de pronto una intermitente mancha negra entre ellas. Agudicé la vista y allí seguía; apareciendo y desapareciendo al compás del viento.
Aquella noche no dormí bien. Tuve pesadillas con Merge (quizás no era Merge, quizás era otro payaso, otra identidad desfigurada que mis sueños a veces crean), con que me agarraba de los brazos y decía que mi madre era una malparida. No le creía en el sueño, claro, pero él no paraba de repetirlo. “Calla, cállate”, le decía, “tienes que estar borracho”, le decía. Y él se desvanecía, iba desapareciendo y silenciándose. Su voz adquirió entonces el tono de la brisa y volví a ver el trigo flexionarse en su peculiar tic-tac.
Y allí, la mancha negra, con un par de ojos tribales, salvajes y redondos mirándome. Una mirada que no había podido sostener aquella tarde y ahora me castigaba con su inexorable presencia.
¿Cuándo fue la última vez que le vio?
Eh…-traté de recordar e ir saltando entre minúsculos recuerdos que me ligaran hasta él-…cuatro días.
¿De qué hablaron?
¿Qué más da?
Puede ser importante. Responda -y aquí dudó un instante-.Por favor.
Hablábamos de él.
Explíquese.
Estaba mal. Eso era todo. Intenté consolarle como pude.
¿Él y usted eran pareja?
La expresión de esos ojos era la atención insistente de un depredador. Y ahí, en mi imaginación, me acechaba constantemente. Era completamente injusto, no podía esconderme en ningún sitio. Totalmente desquiciante.
Muy gracioso. No.
De acuerdo. ¿Dónde le vio?
Fuera de su casa. En la misma entrada.
¿Sobre qué hora?
No era capaz de responder con claridad. Sentía que mi realidad se había desajustado, que mi imagen se había desplazado de su molde original y estaba entre dos muros aplastándome. Lograba identificar que uno era esta molesta situación. El otro provenía de esos ojos, pero no lograba discernir, no pude hallar qué era lo que me fastidiaba de ellos.
De madrugada. Serían las dos. Las dos de la madrugada.
Y no eran pareja.
No que yo sepa.
La cuerda se cortó por fin entre la policía y yo. Don Zoilo, nada más me vio libre, se me acercó bamboleante, entornando los ojos en busca de curiosos. No pude dejar de verle como un saco de fluidos.
¿Te han dado mucho el coñazo?
Lo justo y preciso, Don Zoilo. Don Zoilo, Don Zoilo…-dije en un tono decreciente.
¿Qué te pasa?
Oh… Nada. Me encuentro algo mal. Necesito su saliva.
¿Cómo?
¿Él y usted eran pareja, Don Zoilo?
Le quería. Pero no tanto.
Eso parece. Que ahora que no está todos le queremos, pero no lo suficiente para amarle.
Nos acostumbramos a su presencia. Para nosotros no tenía nada de espectacular verle merodeando, divagando por el centro.  Un trocito más de  rutina. Y ahora que no está en nuestro jueguecito de bloques todas las piezas han de recolocarse.
Sí –mentí-. Es cierto. Mierda, qué egoístas somos.
Desconocía si lo que me turbaba ya era el hecho de que no estuviera él o si por el contrario sólo me asustaba esa forma de morir. Salí del Ayuntamiento corriendo e hice volar un par de papeles que no me molesté en recoger.
El calor apretaba en el exterior. Me rascaba la piel y ya no había viento suficiente para espantarlo, así que aceleré para retirarme del mundo de la luz. Esa luz que volvía a hacer el escenario artificial, un paso previo y repetitivo de sufrimiento hasta llegar a casa.
Y sin embargo, quedaba algo por hacer. Me desvié hacia el campo de trigo, donde busqué durante unos minutos algo que fue fácil de encontrar.
El tamaño era el de un labrador adulto. Se sostenía débilmente sobre dos patas que parecían hechas solamente de pelo y se retorcían y entrelazaban en una maraña que conformaba el cuerpo principal, adornado con esos ojos redondos y brillantes. Tras ellos portaba encajada una ornamenta circular metálica de color plata que brillaba intensamente. Los filamentos acababan tras la ornamenta en dos apéndices que se agitaban débilmente, detectando, construyendo su mundo de sensaciones.
La primera vez que cogí a la criatura apenas pesaba un par de kilos. No opuso resistencia. Tampoco me miró. Era como coger una muda de piel, una peluca hueca, pero sabía que estaba viva.
Una vez en casa, la deposité en el suelo  y le ofrecí un cuenco de leche, a lo que la malparida bestia me respondió con su silencio y quietud.  La olvidé pronto y me puse a trabajar durante el transcurso de la tarde. Llamaron un par de veces a la puerta y no respondí. Porque todos quieren ahora hablar y que les escuchen. Y no estaba en disposición de hacerlo. No quería que me dijeran que sentían la pérdida de algo que todavía no sabía… que no entendía…que…

¿Alguien sabe el motivo? -Preguntó de súbito el Maestro.
Todos levantamos la cabeza, como si la pregunta nos ofendiera.
¿Alguien sabe por qué se mató Merge? -Volvió a preguntar- Yo no me lo puedo imaginar. Tú- me señaló- le conocías. Y usted, Zoilo.
No tan bien como yo creía -respondí automáticamente-. A mí también me ha sorprendido.
No me lo creo -dijo el Maestro en un súbito arranque de agresividad. Supuse en ese momento que estaba harto de respuestas inconclusas, de incoherencias, recuerdos incompletos y que quería encajar las piezas con la fuerza bruta-. De hecho no te ha sorprendido lo más mínimo. Ni te he visto llorar, ni enfadarte (no especialmente). Casi podría decirse que esperabas esto. Casi, casi podría decir que tienes parte de culpa. Y casi casi casi casi, podría decir que lo mataste tú.
Oiga-me defendí-, ¿a qué viene esto? Si tiene algo de lo que acusarme, dígalo sin reparos.
Oh, no. Tener no tengo nada-el Maestro se levantó. Le temblaban las manos y le temblaban los ojos también. Yo conocía ese temblor; lo experimenté muy ligeramente en mi infancia cuando levantaba la mano para responder algo que sabía. Un temblor victorioso, acompañado del miedo de fracasar cuando la oportunidad se presenta en bandeja-. Pero nos has repetido numerosas veces a nosotros y a los policías que fuiste la última persona en hablar con Merge. Y nos has dicho que “le consolaste”. Y digo yo, ¿le consolaste de veras? ¡Porque vaya consuelo! Al día siguiente, un suicidio. En serio, nunca me aconsejes. De hecho, no digas ni una palabra porque entiendo lo que sucedió y no creeré otra cosa.
Maribel y don  Zoilo nos miraban a mí y al Maestro como si un pájaro volara alrededor de nuestras cabezas. Ninguno decía nada. El espectáculo morboso y la posible resolución del problema les intrigaban.
Don Zoilo quería ver al Maestro, ese personajillo patético, humillado otra vez. Quería que le aplastase como una cucaracha. Maribel, por otro lado, deseaba que me derrumbase, obviamente porque su marido debía tener razón. Zoilo veía las gotas de sudor en el Maestro. Maribel veía en mí una expresión de dolor, un avance de lágrimas que iban a ser derramadas enseguida.
Muy bien- respondí. Y me eché a llorar segundos después.
Corrí. Volé. Cerré la puerta de súbito y me sumergí en la completa oscuridad. Aquello dejó de ser mi casa, era un vacío, un agujero del mundo donde sólo la nada existía. Los ojos, tal y como suponía, estaban allí.
Se irguieron, se levantaron y colocaron a mi altura, amenazantes. Era cierto que había estado acechándome, escondiendo su verdadera forma hasta tenerme entre sus garras.
Retrocedí presa del terror mientras la sombra se deslizaba lentamente haciendo crujir la madera. El espacio se combó alrededor del ser, como si él mismo fuera el origen de la gravedad y torciera las cadenas que ataban las distancias entre objetos. Oía el crujir de la madera, sí, pero también oía el papel de los libros de las estanterías estirarse, las fibras de la alfombra deshilacharse, la piedra de la chimenea agrietarse en una orquesta del caos que me circundaba y me hacía caer a la vez en una dirección desconocida.
La criatura lanzó un apéndice y me agarró de la cintura, serpenteando entre mis miembros para inmovilizarme. Le agarré con un brazo libre un trozo del cuerpo y arañé hasta quitarle pedazos de pelo, esparciéndola así por la habitación, haciéndola inmensa e inevitable. Tiró de mí hasta que nuestras miradas se distanciaron apenas unos centímetros.
Él, había sido él. Él todo el tiempo. Esto era lo que le había matado. Y ahora entendía qué había estado haciendo. Por eso estos pensamientos, por eso este vacío. En mi fuego interior había algo que no me había dejado caer. Algo que estaba en la saliva de Don Zoilo, en las conversaciones con el Maestro, en el oscilar del trigo. Había estado en una constante lucha por no deshacerme y yo acababa de expulsar a mis aliados, a las cuerdas que sostenían aquello que era yo.
Los ojos se separaron entre sí y volaron a mi alrededor en lo que me pareció una especie de maldición. Pero lejos de la realidad, la criatura sólo me comunicó un mensaje. Una frase que necesitaba desesperadamente oír.
En la violencia, en la fantasía grotesca que estaba sucediendo, me dio un abrazo que me rodeó desde todos los puntos de mi cuerpo. Era el baño de una masa, el calor de una muerte dulce a la que quería oponerme y por ello me resultaba tan desagradable. No tenía sentido prolongar lo inevitable, no tenía ningún sentido luchar porque ya estaba todo perdido. Y me dejé ahogar por ella. Disolverme en sus entrañas... desaparecer.
“Él tenía razón”

Mírame, Merge, ¿soy yo?
Merge estaba completamente desorientado. Un fantasma le acuchillaba el alma, y no podía verlo, pero sí percibir que estaba muriéndose de una forma insólita. No sabía ni nunca supe qué hacer.
No… lo sé.
Le cogí de los hombros y lo agité con fuerza.
Mira cómo te marean tus ilusiones. ¡Ja, ja, ja! Qué tontito eres.

Merge me tanteó el brazo con los dedos y noté una línea sensorial fría y divertida atravesar la superficie de mi piel. Estaba contenta, muy contenta de verle tan dominado por mí. De pronto, sin embargo, se alejó dando pasos hacia atrás, aún observando mi brazo.

¿Por qué no te quedas en mi…?
Adiós -se despidió.
Adiós…-le dije.

Siguió caminando hacia atrás. El caminar, sus pasos, se desfiguró, se descolocó como si mi vista estuviera fallando y ya no le veía, ni intuía su figura.

Por un momento, por un leve instante me esparcí en el aire de la noche y caí sobre la hierba, que no era hierba, y la tierra, que no era tierra, y el cielo, que no era cielo. Y una vez me recompuse, supe que me hacía compactado en un cuerpo, que no era un cuerpo.


jueves, 27 de septiembre de 2012

White Rabbit

Es una de estas canciones que parecen desenlazarlo todo.  


[...When logic, and proportion,
have fallen sloppy dead,
and the White Knight is talking backwards
And the Red Queen's "off with her head!"
Remember what the doormouse said;
"FEED YOUR HEAD...."]

viernes, 21 de septiembre de 2012

Crash

Apoyó las manos mirando a direcciones opuestas sobre la encimera. Una leve brisa se paseaba por la cocina avivada por el calor de la cafetera, que en ocasiones chillaba y temblaba.

No sabía si era por ése sonido, por el asfixiante calor del verano o por simple vaivenes hormonales pero iba a ser uno de aquellos días. Uno de aquellos en los que independientemente de los acontecimientos que sucedieran acabarían filtrándose por el prisma de la distimia. Uno de esos días que se deshojan, que se arrugan y se tiran a la papelera de la memoria con una desagradable sensación.

Tomó el café con desgana en el salón. Le supo demasiado dulce y a ello no había ya remedio.

Tanteó con las manos el sofá buscando su portátil con una mano mientras que con la otra bebía con ansia. Colocó el ordenador sobre la mesa, y, tras encenderlo, buscó unas páginas que había escrito recientemente sobre Alexander Croux.

Alexander Croux era el protagonista de una novela que había empezado a escribir hacía un par de meses. La idea se le ocurrió de repente un día mientras estudiaba matemáticas y comenzaba a divagar sin remedio. Alexander Croux, el hombre que destruyó la humanidad, rezaba la primera página. El título se le antojaba sumamente atractivo.

Porque Alexander Croux no colocaría jamás una bomba nuclear, ni provocaría guerras entre potencias mundiales. Él acabaría con la humanidad elegantemente, con una suave frase y un leve gesto. La frase y el gesto precisos para hacerlo estallar todo. Para hacer desaparecer el universo. En definitiva, Croux era un hombre extraordinario, con motivaciones extraordinarias en un mundo extraordinariamente ordinario.

No se le ocurrió ninguna forma satisfactoria de continuar la historia, así que cerró el portátil y quedó pensativa. Era fin de semana, y no tenía ninguna obligación inmediata. Tampoco le apetecía leer, así que quedó quieta y cómoda. En su interior, una pequeña llama iba consumiéndole el estómago poco a poco.

De pronto, llamaron a la puerta. El ruido del timbre despertó en Alejandra una irritación feroz que le impidió levantarse hasta que sonó por segunda vez. Sólo entonces se acercó a la puerta de entrada y ojeó por la mirilla, donde en el exterior, una chica de su edad se arreglaba el pelo.

Abrió la puerta lenta y parcialmente, de forma que fuera imposible ver su rostro. Con voz de anciana, preguntó:

— ¿Qué desea, jovencita?
— ¿Se encuentra la señorita Alejandra en casa?
— ¿La señorita Alejandra? ¿Se refiere usted a esa hermosa joven, de cabellos de oro, de sonrisa de perlas, de talante de reina y ojos como diamantes?
— No, perdone. Me habré equivocado. Buscaba a una persona normal y corriente, pero sólo he encontrado a una anciana de sexualidad cuestionable.

Alejandra abrió la puerta completamente.

— ¡Qué crueldad, Oleaf! — se asombró Alejandra.

Oleaf entró en el piso conteniendo una sonrisa burlona. Pasaron a la cocina, donde Alejandra le ofreció un café. Se sentaron en una minúscula mesa y comenzaron a conversar:

— Es extraño que te hayas pasado por aquí— comentó Alejandra— Normalmente no hay forma de hablar contigo. 

Oleaf asintió, aunque nunca había tenido la sensación de ser tan etérea para el resto de la gente. Trató de desviar la mirada hacia el café para facilitar dar una mala noticia:

— Lo cierto es que no he venido por casualidad. Vengo a despedirme durante un tiempo.
Alejandra dio un suspiro largo e inaudible. Sabía de qué se trataba.

Durante el primer año de universidad, Oleaf y Alejandra se conocieron e hicieron buenas migas. Eran asombrosamente parecidas en gustos y personalidad y por ello llegaron a sentirse como verdaderas hermanas de sangre. Poco más había de decirse de su relación, salvo que quizás nunca se habían sentido tan unidas a nadie.

La situación hubiera seguido sin cambios de no ser porque, a pesar de sus similitudes intelectuales, Oleaf era considerablemente más hermosa que Alejandra. Así, un día de invierno Oleaf confesó (y decimos confesó porque deseaba por todos los medios que su mejor amiga se encontrase en una situación parecida a la suya) a Alejandra que había estado saliendo con estudiante de Filología Germánica.

Como era natural, el amor distanció a las dos chicas. Oleaf quedó atrapada en un extraño cautiverio lleno de pasión mientras que Alejandra permanecía en soledad en un mundo de números, ecuaciones y problemas por resolver. 

Hugonovsky, que así se hacía llamar el joven, desapareció en verano de forma misteriosa, como si se hubiera derretido, a lo que Oleaf mostró una enorme turbación y decidió ir tras él dejándolo todo. Por supuesto, Alejandra dejó de formar parte de su vida. Y Oleaf se derritió junto a él.

Pasaron dos años en los que Oleaf había recorrido medio mundo. Había conocido a gente de todos los ámbitos. Había reído y llorado hasta la saciedad. Se había encontrado en los mayores peligros y había salido airosa con las más geniales soluciones. Pero Hugonovsky seguía siendo sólo un recuerdo. El fracaso la arrastró progresivamente a la ciudad donde había nacido y donde una Alexandra sin rencor la recibió de brazos abiertos, llorando de auténtica alegría.

— He recibido una carta suya— explicó brevemente, llena de vergüenza—. Sigue recordándome.

Alejandra se alejó unos pasos y dio la espalda a su amiga. Sentía unas ganas terribles de matar a Hugonovsky. De despedazarlo en pequeños trozos, de comerse sus ojos y desollarlo con un cuchillo viejo, para luego enseñárselo a Oleaf. Para enseñarle que no era más que otro hombre.

— Entiendo que estés enfadada. Enfádate conmigo, por favor. Ódiame, pero no estés en silencio.
— No puedo odiarte, Oleaf. De verdad que quiero y no puedo. Tú eres… especial. Siempre has tenido una dirección fija en la que moverte. Yo estoy siempre confusa. Siempre desorientada. No sé qué hacer. Si te odiara, tendría alguna razón para ello. Pero no te odio. Te admiro muchísimo.

Oleaf sintió que el corazón se le aceleraba. Se encontraba profundamente conmovida por las palabras de su amiga, y por un momento, creyó sentir una pequeña parte de su miseria. Quiso permanecer en un silencio donde sobraban las palabras, pero Alejandra viró sobre sí misma violentamente y clavó su mirada en ella mientras gritaba:

̶— ¡Llévame contigo, por favor! ¡Por favor, te lo suplico! ¡Entiendo que pienses que será peligroso, pero no puedo soportar esto más! –Su voz se quebró como una hoja seca-. ¡Por Dios, Oleaf, por Dios te lo pido! ¡Sácame de aquí!

Oleaf estaba visiblemente nerviosa. La idea le desagradaba en exceso. En un acto reflejo buscó en su chaqueta un paquete de cigarrillos, pero hacía años que había dejado de fumar.

— Tranquilízate, por el amor de Dios. Es una idea terrible.
— ¿Por qué? –Se produjo un breve silencio que no podía soportar- ¡Contesta!
— Escúchame Alejandra, y escúchame atentamente. Porque sólo te lo diré una vez. Si quisiera para ti maldiciones y pestes, si quisiera que sufrieras de verdad (y no estas preocupaciones de chiquilla que me estás planteando) y si quisiera… si quisiera lo peor para ti, te llevaría de inmediato. El caso es, que somos amigas, ¿no es así? Y estoy aquí para apoyarte –de pronto, se dio cuenta de la tremenda inconsistencia de su discurso-. Apoyarte y aconsejarte en lo que es debido. Para mí no supone ningún esfuerzo que vengas conmigo. Pero yo ya estoy encarcelada en esta prisión, en este caos. Y no era como pensé que sería. Sólo una tonta diría que llevo una vida apasionante, divertida. ¡Sí! Eres tonta. Tonta de remate. Debes haber pensado, “qué aburrimiento, no quiero pasar el resto de mis días enclaustrada en una rutina”. De pronto, aparezco yo como caída del cielo y te recuerdo que hay un mundo exterior que tú enseguida has idealizado. Y sin embargo, no hay día –y aquí comenzó a sollozar-, no hay día que yo no quisiera levantarme y tomar un café, ¿sabes? Querría levantarme y sentirme segura, querría…
— ¡Cállate! –Exclamó golpeando la mesa- ¡No vas a ayudarme! No es necesario que dramatices tu situación, Oleaf. Sé perfectamente que quieres esta vida para ti sola, y que yo sería una responsabilidad y una carga en ella. Un obstáculo que no te dejaría disfrutar con pasión la aventura de tu vida. No hace falta que me mientas. Que mientas a una tonta.

Oleaf sintió que una certera saeta le atravesaba el cuerpo. Alejandra había dicho una gran verdad. Sintió como se ruborizaba ante aquel destape tan descarado de su egoísmo. Hubiera quedado estática, de no ser por un plato que se hizo trizas sobre la mesa, derribando las tazas de café.

Oleaf se levantó de súbito, algo espantada y miró a Alejandra con unos ojos llenos de terror. Alejandra llevaba otro plato en la mano dispuesto a ser lanzado. 

— ¡No te burles de mí, Oleaf! ¡Largo de aquí! ¡Vamos! ¡Fuera! ¡Fuera!

Oleaf se protegió la cara con las manos y retrocedió asustada. El plato impactó sordamente en sus manos, que quedaron doloridas. Dio un alarido quizás algo exagerado.

— ¿¡Estás demente!? ¿¡Pero a ti qué te pasa!?
— ¿Primero tonta, y ahora demente? — Alejandra rió con sonoridad— Te arrojaré mi vajilla entera si hace falta para confirmártelo. Ahora largo. ¡Largo!

Oleaf salió del piso aterrorizada. Por un momento, creyó realmente que Alejandra sería capaz de matarla a golpes. Era una actitud tan dramática y una escena tan propia de la imaginación que pensó que podría estar soñando, aunque el dolor de sus manos le recordara constantemente que estaba anclada a la realidad cotidiana.

Nada más desapareció de su vista, Alejandra sintió un alivio instantáneo, como si sus emociones quedasen totalmente anuladas y se hubieran sustituido por un soplo de paz. Se tumbó sobre el suelo lleno de trocitos de porcelana y trató de no pensar en nada en concreto. Por supuesto no pudo lograrlo y comenzó a repetir la escena del plato en su cabeza una y otra vez.

Crash, sonaba. Crash.

Se incorporó y salió a la terraza. Sintió de pronto que no era dueña de su cuerpo. Se sintió un mero espectador de su vida condenado a observar lo que sus extremidades y las de otros hacían. Mentes libres cuerpos esclavos del determinismo.

Al fin y al cabo, nunca había sido dueña real de su vida. Era un producto, como muchos otros, sazonado con las especias de la sociedad, de la educación de la gente que conocía. ¿Qué culpa tendría de no ser feliz? ¿Por qué no podía conformarse con satisfacer su hambre, o con un orgasmo? Cada día estaba más cerca de averiguar la simplicidad de la vida humana, rodeada de falsedades y ficciones. De ilusiones que querían demostrar una realidad más allá de lo evidente, pero todas ellas acababan por destruirse. Tarde o temprano.

— Quiero honor, quiero fama, quiero ser reconocida. Quiero vestir bien, quiero un príncipe azul—Avanzó a pasos lentos hasta el borde de la terraza—. Quiero matar a alguien. Quiero pasión. Quiero viajar, quiero conocer gente. Quiero impresionarlos— Con dificultad subió a la baranda y quedó suspendida en ella haciendo equilibrios— Quiero sentirme agradecida. Más bien, deseo vivir. Quiero vivir.

En una maniobra arriesgada se dio la vuelta y dispuso a volver a poner los pies en tierra cuando se encontró con el rostro de un hombre que parecía juzgarla severamente.

— Tú no mereces vivir.

Y fue entonces como, Alexander Croux agarró suavemente las muñecas de Alejandra y las empujó con dulzura al vacío.

jueves, 23 de agosto de 2012

A medias


Arrumba la carbonera,
En una audacia sempiterna,
En un blablablá blanco, con un jajajá tuerto,
Y a la de dos, no se entiende el ritmo,
Y a las tres, no da más de sí mismo
El refulgente y trémulo traidor de las variedades,
Asoma su cabeza cortada,
Porque allá donde el veneno alcance,
Estará el resto que me pertenece,
Y el coeficiente que lo baraje,
Será la única solución que me dejen.

martes, 17 de julio de 2012

Y a esperar...

Estamos dispuestos, mi madre, yo y mi padre en una diagonal.
Cada uno con un ordenador, cada uno ensimismado en un privado mundo virtual.
Justo como esas piezas de ajedrez que han quedado atrapadas y ociosas en un universo bicolor plano.

No sé qué ha ido mal. A lo mejor siempre ha sido así, pero siento que no les conozco.
Igualmente, mi ignorancia se extiende a todos los seres del universo.
Los años se deshojan poco a poco. Y con ellos parece que se va la capacidad de sonreir sinceramente.

 Irán más veranos justo como éste,

Enlazados en una rutina aburguesada,
entre el sol de mediodía,
sazonado de visitas corvinas,
con el aliento de las noches de catársis soñolienta,
siempre presente el sueño de vivir,
acompañado del deseo de estar muerto,
y todo queda en una pantomima de seres humanos,
que apenas asomamos una mano,
para no dejar ver que el resto del cuerpo sufre en silencio.




sábado, 7 de julio de 2012

Cállese, Oziel

- Y allí estaba yo, conmigo mismo, una vez más, hablando con mis reflejos mentales y devanándome los sesos en busca de una identidad en la simple posición de un trozo de carne operativo y consciente de si mismo.

- ¿Te refieres a cuando ibas en el autobús de ida?

- Sí, sí. Los vehículos en movimiento son un excelente catalizador de pensamientos, o al menos dan la grata sensación de estar reflexionando en profundidad. Y allí, en ese momento traté de detallarme psicológicamente, porque todo aquello que componen las pautas y patrones de una persona me interesa, mucho más si el sujeto al que analizo es Oziel, osea, yo.

- Creo que pierdes el tiempo. La personalidad de la gente es muy difusa y metamorfoseante. Cada día te sorprenden con una nueva actitud. Nunca llegarás a entenderlos como nunca llegarás a entenderte a ti mismo. Mira, te explico, sabes que mi padre fue enterrador, ¿no?

- Me lo has comentado, sí.

- Pues, verás, en el cementerio del pueblo, a la vera de la capilla, existía una sala de cremación con una puerta roñosa que siempre, siempre estaba abierta pero nadie se molestaba en arreglar porque... bueno, porque era un sitio que imponía respeto. Y un día mi padre me envió a recoger las llaves de la casa, que se habían quedado encima de un mueble cualquiera, no me acuerdo bien. Y claro, yo aterrado (aunque era mediodía y hacía un solazo tremendo) avancé a paso lento en una sala que estaba sumergida por un manto de... de como lo diría, de terrible pesar. Y en esa atmósfera silenciosa vi un par de pies arrugados emerger a mi altura.

- Menudo susto debiste llevarte.

- ¡Sí! ¡Enorme! Bueno, el caso es que, el espanto y el terror duró un día escaso. El miedo se tornó en una insaciable curiosidad por volver a experimentar permanecer junto a la evidencia empírica de la muerte, y quería repetirlo a toda costa. Así que empecé a ir de noche al cementerio, a la sala de cremación, donde arrastraba un taburete rezagado en la esquina de la habitación y me ponía a observar a los cadáveres... qué se yo, horas.

- ¿Para qué? ¡Qué tontería! No es más que una carcasa vacía.

- Quizás no entiendes hasta que punto estás en lo cierto. Observarlos me hacía sentirme totalmente identificado con ellos. Cómo tú dices, empecé a comprender lo vacía que se encuentra la vida de significado y propósito, pero había algo más. ¡Más! ¡La vida carecía de existencia!

- ¿De qué demonios hablas?

- Lo que yo veía delante de mí no eran personas, eran cuerpos. Aquello que las hacía personas se había desvanecido en el latido de un corazón. Y realmente, parecían seguir teniendo un rastro de humanidad en sus rostros, en la ligerísima expresión de distensión que presentaban la mayoría de sus caras. Pero era todo una mera ilusión fruto de mis pensamientos. Allí no había más que materia, antes o después de que alguien considerase a ese trozo particular de masa "muerto", y esas implicaciones personales que insistía en imprimir  en el resto de personas que aún permanecían con vida, eran del todo oportunistas y egocéntricas porque me dejaban a mí, un ser humano, vivo, en una posición privilegiada.
       La vida no es más que una ilusión, Oziel. Aquello que nos hace llamarnos vivos es una vaga sensación de consciencia o control que tenemos de nosotros mismos, pero realmente es sólo eso, una sensación. No estamos muertos porque jamás estábamos vivos.

- ¿Sólo una sensación? ¡Sólo soy una sensación que se piensa operante! ¿Eso quieres decir?

- Sí.

-  Eso es absurdo. El mero hecho de ser considerados ilusiones hace necesario algo, alguien, que ilusione.

- Esa es una condición que sólo alguien con fe en la vida podría requerir.

-  Oh, menudo idiota. ¡Dime que estoy muerto, que soy una cáscara vacía! ¡Vamos! ¡Díme que jamás he experimentado cosa alguna, que mi persona tiene un valor nulo y preciosista sólo para sentir un mínimo de satisfacción en las piezas de mi mundo de fantasía!

           Los restallidos de Oziel se reagolpaban en la mente del hijo del enterrador. Apenas habían tenido tiempo de conocerse entre ellos, y ya había construido su personalidad, sus expresiones, sus arrebatos, su tono de voz, y en fin, todo aquello que en síntesis resultaba en un clásico ser humano, tal y como había hecho con cada uno de esos despojos de seres vivos que se postraban en la chirriante mesa vertical.

El hijo del enterrador desdobló la manta para cubrir el rostro del cuerpo. Oziel se silenció de inmediato.
Por último, arrastró el taburete a una esquina de la habitación y salió por la roñosa puerta de la sala de cremación.


domingo, 3 de junio de 2012

Composición de D

Sea pues y entonces un sujeto A,
acompañado de un, digamos, sujeto B,
A y B caminan juntos, pues, hacia el, por ejemplo, mar.


A, de naturaleza esbozada y simple,
pregunta casi al azar:

- ¿Qué le resulta más agradable A,
estas olas o este parsimonioso caminar?


B, de naturaleza sola e innatamente sabia,
responde casi con automaticidad:

- No se atreva B a preguntar,
que no existe ni mar,
ni parsimonioso caminar,
ni siquiera esa aparentemente evidente agradabilidad.

Pero ya es tarde, pues nada más B acaba,
lo mismo hace su vida,
mientras A se desvanece en un narrativo verso.

Era pues, claro y evidente,
que no sabías que yo, C,
dibujaba su esquemático universo.

jueves, 3 de mayo de 2012

Una eternidad




- ¿Y qué tal? –pregunté. En mi mente me torturaba que no se me ocurriese nada mejor que un “qué tal”. Nadie responde bien a un “qué tal”, porque es una obligación hacia mi interlocutor para que participe en una conversación en la que todavía no he aportado nada de interés. Yo inicio el diálogo con una pobre excusa y obligo al pobre Nicanor a darme argumentos para seguir manteniendo viva una situación que desde el primer momento ya había matado.
- Bien –dijo, tal y como yo esperaba. Dios mío, quería que me callase, quería que me fuera de ahí. No continuó con una palabra más, dijo “bien”. ¿Y qué debía hacer yo ahora? ¿Cómo podía hacer que Nicanor recordase este momento mínimamente al final de su día?
- Hum –exhalé.
                Me imaginé un toro enjaulado dando cornadas contra barrotes de hierro macizo. Estaba furiosa conmigo misma. He perdido de nuevo la batalla: Nicanor y yo estamos a la misma distancia, en el mismo sitio. Como siempre.
Era esto, esto una y otra vez. Mi vida se había convertido en un constante dejarme llevar por los acontecimientos, de forma que el único momento donde me sentía viva y libre era en estas escasas cinco frases. Y en las ocasiones en las que me veía libre y viva, entendía lo débil que era. ¡Tendría que volver a intentarlo!
- Nos vemos luego, ¿no? –me despedí. Esa corta pregunta final era la que me daba una oportunidad más.
- Sí claro. Hasta luego –respondió desviando la mirada a su cuaderno.
                Jamás sabrá que es el punto álgido de mi día. Nunca había volcado tanto esfuerzo emocional en nadie. Nadie me había retado tantas veces en duelo y había salido tan herida. En un mundo lleno de desgracias, de magulladuras y moratones, de continuo malestar, él había pasado de ser una triste sombra al objeto de todos mis deseos. Mis tontas pasiones reafirmaban que yo era escoria en un mundo de escoria.

                Nicanor era la prueba viviente de que estaba sola en un mundo oscuro.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Sekai Turbine


A veces imagino el mundo como una máquina.

Los engranajes que componen el mundo son finitos. Cada diente de cada pieza ha sido medido y es igual para cada persona. Y sin embargo, a veces giran tan rápido que dan una vaga sensación de continuidad, y el mundo no parece tan mecánico y estropeado en su vertiginoso movimiento. Parece vivo y libre.
Cuando uno permanece atento y observador mientras todo se agita, comprende que es víctima de una maquinaria que le hace caminar en la dirección que ha sido elegida para él mismo, describiendo en su recorrido una circunferencia con pequeñas montañas y baches. Y entonces es fácil entender que no se es más que una pieza adicional que empuja a las demás y se deja llevar por otras tantas, siendo el origen de la animación misterioso y muerto, encadenado.
Por mucho lirismo que se le aplique, la ciencia es ciencia. Claro que pronto me olvidaré de ello.

miércoles, 18 de abril de 2012

Treinta segundos


- ¿Y qué tal?
- Bien –dije, sin ánimo, casi sin prestar atención.
                Ella ya había predicho esta respuesta. “Bien” era una palabra tajante que no daba pie a saber nada del interlocutor. Si hubiera dicho “mal”, hubiera surgido un “¿por qué?” automático, e igualmente yo hubiera evadido la cuestión con un “no sé, los problemas…”. Nos pasaríamos el turno hasta que nuestras frases prediseñadas se agotasen, y entonces reinaría el silencio. El aburrimiento germinaría y ella acabaría por irse con un “nos vemos”. Elegí decir “bien” para acelerar ése momento, para hacer la atmósfera incómoda y molesta y así me dejase en paz.
- Hum –traducí de un bufido que exhaló- nos vemos luego, ¿no?
- Sí, claro. Hasta luego.
- Hasta luego.
                Era esto una y otra vez. Una y otra vez las mismas cinco frases, que ponían en evidencia un mundo circular en el que yo no ponía ningún empeño ni ilusión por salir. Y tenía en mi mano siempre una oportunidad de hacer cambiar las cosas. Pero evidentemente, lo único que haría sería mover ese círculo, a otro en el que yo ni siquiera pertenecía.

                Ella debía sentir algo parecido. Este evento no era más que una intersección en nuestras circunferencias.
Su entrada era “Hola”
Su salida “Hasta luego”.

              Jamás sabrá que es el punto álgido de mi día. Pero no me malinterpreten, ella no era mi mujer ideal.
                Si este momento me gustaba tanto era porque todas las conversaciones que se cruzaban en mi día eran un continuo esfuerzo por aparentar ser una persona normal. Por fingir que me interesa la opinión del resto de la gente, que de verdad siento curiosidad por sus vidas. Layla y yo compartíamos ese desinterés general, y por ello nuestras conversaciones reafirmaban la situación hasta el punto de haber un extraño acuerdo entre nosotros.
                Layla ponía en evidencia que yo no estaba solo en este gris mundo.

lunes, 2 de abril de 2012

Croux will do

El profesor se paseó a ambos lados de la pizarra, caminando lentamente, en esa extraña costumbre por fingir que se habla con uno mismo cuando alrededor de sesenta personas estábamos escuchándole.

-Tres errores, ni uno más -hizo una pausa- ni uno menos.

"Ni uno más ni uno menos", pensé, "como si esa frase aportara algo". Luego me imaginé a un alumno con gafas gruesas y redondas diciendo algo como "Amén de los muchos errores que esta tesis posee he tenido serias dificultades reuniendo sólo tres, y así pues mencionaré brevemente algunos que, aunque no incluidos en mi colección he creído necesario destacar...". Eso pondría de los nervios a cualquiera. Luego realmente, el énfasis de 'ni uno más ni uno menos' tenía verdadero sentido. Me felicité por mi conclusión.

- Sonny, < La suspicacia del universo desde la perspectiva del maxilar probóstico >.

Miré el nombre del autor que me había tocado examinar. Alexander Croux no me era ni de lejos familiar. Se trataría entonces de uno de estos 'monopublicadores', que creería tener una idea genial, y la recogería en unas escasas cincuenta páginas como un esbozo, porque claro, "la idea no está desarrollada del todo, necesita algunos matices y ya la arreglaré". Y ahí se queda hasta que probablemente en la mente de Alexander Croux apareció una molesta objección que no quiso reparar. Tendría ante mí el cadáver de la mente del pasado de Croux. Una idea muerta que haría aguas por doquier.

Oh sí, sería muy fácil encontrar algo sucio en esto.

Sonreí a mi profesor tontamente, le di las gracias y ojeé la tesis para ver cuánto tendría que leer. Era suficiente para una semana. Sólo me quedaba ver el estilo de escritura. Abrí una página al azar y comencé a leer mentalmente:

<< Las conclusiones que podemos sacar de esto son evidentes: el giroscopio que fluctúa cerca de la superficie del Maxilar A resulta en una Fuerza de Chaun probóstica Delta...>>

Dios mío. ¿Qué era aquello? ¿De qué estaba hablando este hombre?
Volví a leer y no pude evitar soltar una risotada.

<<... sólo es necesario imaginarse la proboscis como una analogía prototípica de otros sistemas cuánticos...>>

Miré cuántas personas habían colaborado en aquel proyecto, y como esperaba, sólo encontré el nombre del autor. Luego busqué el nombre del revisor tesital, pero era extranjero, con muchas diéresis y acentos extraños.

Habían pasado alrededor de diez años desde que la Universidad de Corrección se había declarado en pleno desborde de estudios y tesis. La carrera de corrector tesista se subdividió hasta límites insospechados, y la expectativa de empleo era tan grande, que prácticamente cualquier persona sin una habilidad definida podría pasar a ser miembro de la Universidad y colaborar en la revisión de textos con un decente sueldo vitalíceo.

Como ejercicio los alumnos novatos solíamos usar textos de grado 5, esto es, rechazado a la quinta revisión. Y era un ejercicio corriente, muy práctico para el futuro. La identidad del corrector de la tesis original estaba siempre a la vista. Si teníamos suerte y era un corrector tesital de renombre, no había más que buscar su Manual Personal de Corrección, y ver con qué detalles se obsesionaba. Así era tremendamente fácil saber qué errores buscar en la tesis.

Pero había una fase preparatoria, más pesada, consistente en refolcingarse en la basura de la que el autor se inspiró para parir a su obra. Y ahí me encontraba en serios problemas, porque me era imposible leer dos frases seguidas sin la urgente necesidad de recurrir a un diccionario.

Tres errores que demuestren que el estudio de la suspicacia del universo desde el maxilar prebóstico. Ni uno más ni uno menos.

- Veamos que tiene que decirnos el señor Croux -me dije en voz baja.

viernes, 30 de marzo de 2012

Dos amigos

-Hay algo que siempre he deseado de pequeño, y no puedo decir con exactitud qué es. Era algo vago, delicioso y profundo que recorría mi cuerpo en la tensión de una película de acción, en las decenas de violines que se deslizaban entre el público las escasísimas veces que mi padre me llevó a la sala de conciertos, en mi lucha contra monstruos imaginarios que aniquilaba con el palo de una escoba en mi terraza.

Siempre estaba buscando ese “algo más”, ese, secreto solipsista donde yo era el destino, donde yo debía hacer algo por el mundo, por el universo o por mí mismo.

- Ah, amigo. Ya te entiendo. Tú sólo no te conformabas con la realidad. Así que acabaste por despreciarla.

- Sí. Supongo que puede ser tan simple como eso.

- ¿Y crees que tenías razón? ¿Que la vida te ofrecía algo más de lo que podías simplemente ver?

Le agarró el cuello con una mano. Con la otra sostenía un cigarrillo.

- Más bien todo lo contrario. Como un péndulo oscila, pasé de la mera fantasía al mero (y más puro) materialismo. De modo que, aunque de otra forma, sigo creyendo que yo soy el universo, y tú sólo un conjunto de sensaciones semicoherentes.

- ¿Y…-hizo un esfuerzo por hablar- … eso piensas al querer matarme?

- No, por desgracia eso no es lo que pienso. Voy a llorar, y mucho, al matarte. No podré dormir esta noche, ni probablemente en una semana. Pero sé que realmente eso no es culpa mía. Tú, vas a ser la prueba de que la nada y el todo coexisten. Si quiero ser fiel a esta idea, no puedes permanecer vivo.

Su amigo lloraba por miedo a la muerte. Él lloraba por miedo a la equivocación. Todo acabó en un par de minutos.

El asesino se sentó en el suelo.

Y junto a él aparecieron tres unicornios, un par de hadas y un gracioso demonio que no paraba de decir sandeces.

Sin ninguna oportunidad de reaccionar, el unicornio puso su pezuña sobre el hombro del asesino para evitar que se levantase.

- ¿Qué diablos has hecho? ¿¿Qué has hecho, humano?? ¡Has acabado con un alma!

- Valiente, valiente, humano valiente –saltaba el demonio encima del cadáver de su mejor amigo.

Una de las hadas, como una madre severa, tiró de la mano al demonio para que se alejara. Y todos desaparecieron, horrorizados, clavando sus ojos en el asesino.

viernes, 16 de marzo de 2012

Entró Emilio tambaleándose, apenas cabía por la puerta y le costaba hacerse a la idea de lo que estaba viendo:

- ¿Pero esto qué es? – preguntó escandalizado.

- Es mi casa, don Emilio. Perdone usté –y retiré una montaña de papeles dispuestos en una monstruosa pila (que además se encontraban justo en la línea de visión de la entrada, como si quisieran saludar a los visitantes para avergonzarme). Quité los auriculares, los libros, los mandos de televisión, la DS y el portátil del sofá, sacudí el polvo e hice ademán para que se sentase. Mi nerviosismo era visible.

Ana Marco no tuvo la compasión de dejarme ver qué pensaba y se limitó a dejar en su cara una permanente mueca de leve desagrado que estaba disfraza de simpatía graciosilla. Se sentó junto a Emilio, escaneando mi salón.

Dios mío, estaba temblando de miedo.

Llegó Eloy atravesando la puerta y se acomodó entre los trastos. Él ya había aceptado que así era mi casa y si podía encontrar algo de comodidad o belleza en el caos de mi hogar, mejor para él.

- ¿Cómo puedo vivir aquí? - se preguntó Marco. Tal vez era ilusión mía, pero su rostro estaba adquiriendo un matiz verde.

- Puedo intentar cuidarla todos los días. Un poco aunque sea.

- Sabes que me marcharé a la mínima indiscreción que me muestres. Yo soy una invitada exigente. Al igual que Emilio. ¿Verdad Emilio?

- Evidentemente, evidentemente.

- Sí, señora –asentí.

Llegó Inés y se puso a hablar con Eloy, saludando tímidamente a los físicos. Quería por supuesto algo de mi atención así que le preparé un Cola-Cao con mucha dedicación.

- Obake (que así me llamaba), a mi no me importa esto, de verdad. No hace falta que hagas nada.

Aún así se tomó la taza y la dejó en el fregaplatos. "No hace falta", pero mejor hacer algo ¿no?

Eloy estaba en un perpetuo silencio conmigo, como si no hubiera ya nada más que decir.

El telefonillo sonó y abrí la puerta principal a Andrés, Raúl y Juanma. Entraron con un contagioso ánimo. Cogí las pocas pertenencias que tenía de ellos y les preparé una habitación a cada uno.

- Sé que no es demasiado bueno. Podéis iros cuando queráis.

- Oh, no te preocupes. Estamos bien.

- Ya veremos –dije en un tono inquisitivo.

Volví al salón para darme cuenta de que los físicos estaban desvaneciéndose. Inmediatamente les serví un té y volvieron a hacerse más tangibles, más accesibles y decidieron quedarse más tiempo.

La figura de Ana Marco había cambiado ligeramente, y ahora vestía una bata crepuscular, un sombrero puntiagudo y unos zapatos que sobresalían en un rizo. Podía decirle que se quitase eso, que estaba ridícula. Me abstuve y dejé que en mi casa tomara la forma que quisiese.

- Guillermo –saltó Inés- ¿Qué es eso?

Inés señaló a una figura agazapada y oscura que apenas parecía visible.

- Eso, Inés, fue una puerta a la aceptación del desorden, una esperanza. Está muriendo, ¿no la ves?

- ¡Oh! ¿Pero vas a dejar que muera? –sollozó.

- No puedo ni debo hacer mucho. Fíjate la cantidad de invitados que tengo. ¿Cómo puedo dedicarle tiempo a algo que no sé lo qué es?

- Inés, déjale – fue lo único que comentó Eloy.

En realidad sentía alivio de que hablaran de aquella sombra. ¡Como si no estuviera allí y quisiera ignorarla!

Me acerqué a la sombra, mientras…

…llegaban las piraguas, las horas muertas, las mañanas desperdiciadas, las tardes en coma, las noches en ataraxia, la Cicatriz de Cristal, los colaboradores Intereconomía, la población china, las superficies de Gauss, las pdobabididades¸ la paranoia, Encarnita, Miss Panamá, Rina, Don Zoilo y Doña Carolina, los jugadores de golf, los 4.5, los robots, todos en una interminable fila, apretados y asfixiados en un espacio ínfimo, en una absoluta e hiriente incomodidad .

Sonaban las campanas del “¡No más, no más, no más, no más!”. Y la casa se llenaba de basura y escombros, de grietas y bultos. Y la sombra moría. Se moría y ahí no podía hacer nada.

Un té, un colacao, fregar los balcones, barrer… las órdenes se acumulaban en mi cabeza. Mientras más tiempo las dejaba reposar, más destruido quedaba el hogar. Cogí el perro de hierro que sujetaba la puerta del pasillo. Lo alcé en medio de la muchedumbre, y sin un sentimiento de liberación lo dejé caer sobre la figura oscura, que se esparramó por la alfombra en una mancha indeleble.

Sabía que necesitaba una mudanza. Pero antes de hacerla preferí dormir sobre el suelo desatendiendo a todos mis invitados un rato más.

jueves, 15 de marzo de 2012

Neutrón-man

¿No es espantosa la sensación de neutralizar todos los acontecimientos del día, de forma que ninguno te provoque una emoción, y que a la vez esto no sea algo excesivamente malo?
Querría, antes que este pegajoso aburrimiento darme el gusto de sentirme verdaderamente triste, pero de alguna forma mi cuerpo me insta permanecer en un estado de indiferencia, de permanente desapasionamiento. Un rastrero recurso biológico para no caer al abismo.

Es complicado y gracioso a la vez.



¡Soy demasiado viejo para tener 18 años!

lunes, 12 de marzo de 2012

Peter y su sombra


Una idea para un cuento:

Cuando una persona de nuestro mundo nace, al mismo tiempo lo hace otra en un plano distinto. LLega al universo una sombra. Y ésta en un principio no sabe, no entiende ni es capaz de comprender que es una mera silueta nuestra proyectada en el suelo. Una esclava.

Toda sombra ha creído en un principio ser real. Toda sombra ha creído que éramos su reflejo alguna vez.

Peter-Sombra está obsesionado con la idea de ser un mero espectador de la vida de Peter-real. Una vez toma conciencia de Peter y de su mundo, se siente incompleto. La sensación de vacío lo inunda, y no es capaz de transmitirla a su universo personal porque es falso, vago, apenas un esbozo de la vida real. Sus amigos son sombras de los amigos de Peter, sus bienes son meras ilusiones. Parece como si sólo obtuviera unas tristes sobras de la realidad.

Peter-sombra quiere vivir la vida de Peter-real. Mejor dicho, quiere vivir.
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Hubo veces en las que PeterS aceptó su condición de espejismo, y durante la noche se fusionó con sus compañeros, se internó en el mundo de las sombras para buscar algo de alivio ante la soledad. Pero nunca pudo evitar dejar de seguir a Peter, como todas las sombras no son capaces de abandonar aquello que aman.
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PeterS acompañó a Peter durante el resto de su vida, siendo uno más en su adolescencia, madurez, vejez y senectud, formando una pequeña parte de los acontecimientos de su vida. La agonía de PeterS reside básicamente en que, aunque él mismo estuviera continuamente observándole, Peter ignoraba su sombra la mayoría de las veces. Está permanentemente desapercibido por aquello que ansía.

Cuando Peter murió, su sombra quedó encerrada en el ataúd con él. Y allí permaneció durante un tiempo indefinido, revolviéndose entre los recuerdos y acumulando progresivamente una peligrosa desesperación que explotaría algún día.

Y una vez ese día llegó, no pudo evitar darse cuenta de que él, una masa oscura, estaba de pie, frente al mundo, y en el suelo, tumbado y aplastado se encontraba el cadáver de Peter haciéndose polvo. Y mientras más resquebrajado su cuerpo se encontraba, más indefinido se hacía PeterS, hasta disolverse, hacerse irreconocible y volar disperso por el viento.
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Los temas superficiales son el relativismo, la indefinición de la verdad y la angustia vital. Pero el corazón de este relato es el ideal de uno mismo, y la dirección que el hombre toma en su vida, continuamente acosado por una idealización de su persona.