jueves, 3 de mayo de 2012

Una eternidad




- ¿Y qué tal? –pregunté. En mi mente me torturaba que no se me ocurriese nada mejor que un “qué tal”. Nadie responde bien a un “qué tal”, porque es una obligación hacia mi interlocutor para que participe en una conversación en la que todavía no he aportado nada de interés. Yo inicio el diálogo con una pobre excusa y obligo al pobre Nicanor a darme argumentos para seguir manteniendo viva una situación que desde el primer momento ya había matado.
- Bien –dijo, tal y como yo esperaba. Dios mío, quería que me callase, quería que me fuera de ahí. No continuó con una palabra más, dijo “bien”. ¿Y qué debía hacer yo ahora? ¿Cómo podía hacer que Nicanor recordase este momento mínimamente al final de su día?
- Hum –exhalé.
                Me imaginé un toro enjaulado dando cornadas contra barrotes de hierro macizo. Estaba furiosa conmigo misma. He perdido de nuevo la batalla: Nicanor y yo estamos a la misma distancia, en el mismo sitio. Como siempre.
Era esto, esto una y otra vez. Mi vida se había convertido en un constante dejarme llevar por los acontecimientos, de forma que el único momento donde me sentía viva y libre era en estas escasas cinco frases. Y en las ocasiones en las que me veía libre y viva, entendía lo débil que era. ¡Tendría que volver a intentarlo!
- Nos vemos luego, ¿no? –me despedí. Esa corta pregunta final era la que me daba una oportunidad más.
- Sí claro. Hasta luego –respondió desviando la mirada a su cuaderno.
                Jamás sabrá que es el punto álgido de mi día. Nunca había volcado tanto esfuerzo emocional en nadie. Nadie me había retado tantas veces en duelo y había salido tan herida. En un mundo lleno de desgracias, de magulladuras y moratones, de continuo malestar, él había pasado de ser una triste sombra al objeto de todos mis deseos. Mis tontas pasiones reafirmaban que yo era escoria en un mundo de escoria.

                Nicanor era la prueba viviente de que estaba sola en un mundo oscuro.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Sekai Turbine


A veces imagino el mundo como una máquina.

Los engranajes que componen el mundo son finitos. Cada diente de cada pieza ha sido medido y es igual para cada persona. Y sin embargo, a veces giran tan rápido que dan una vaga sensación de continuidad, y el mundo no parece tan mecánico y estropeado en su vertiginoso movimiento. Parece vivo y libre.
Cuando uno permanece atento y observador mientras todo se agita, comprende que es víctima de una maquinaria que le hace caminar en la dirección que ha sido elegida para él mismo, describiendo en su recorrido una circunferencia con pequeñas montañas y baches. Y entonces es fácil entender que no se es más que una pieza adicional que empuja a las demás y se deja llevar por otras tantas, siendo el origen de la animación misterioso y muerto, encadenado.
Por mucho lirismo que se le aplique, la ciencia es ciencia. Claro que pronto me olvidaré de ello.