- ¿Y qué tal? –pregunté. En mi
mente me torturaba que no se me ocurriese nada mejor que un “qué tal”. Nadie
responde bien a un “qué tal”, porque es una obligación hacia mi interlocutor
para que participe en una conversación en la que todavía no he aportado nada de
interés. Yo inicio el diálogo con una pobre excusa y obligo al pobre Nicanor a
darme argumentos para seguir manteniendo viva una situación que desde el primer
momento ya había matado.
- Bien –dijo, tal y como yo esperaba.
Dios mío, quería que me callase, quería que me fuera de ahí. No continuó con
una palabra más, dijo “bien”. ¿Y qué debía hacer yo ahora? ¿Cómo podía hacer
que Nicanor recordase este momento mínimamente al final de su día?
- Hum –exhalé.
Me
imaginé un toro enjaulado dando cornadas contra barrotes de hierro macizo.
Estaba furiosa conmigo misma. He perdido de nuevo la batalla: Nicanor y yo
estamos a la misma distancia, en el mismo sitio. Como siempre.
Era esto, esto
una y otra vez. Mi vida se había convertido en un constante dejarme llevar por
los acontecimientos, de forma que el único momento donde me sentía viva y libre
era en estas escasas cinco frases. Y en las ocasiones en las que me veía libre
y viva, entendía lo débil que era. ¡Tendría que volver a intentarlo!
- Nos vemos luego, ¿no? –me
despedí. Esa corta pregunta final era la que me daba una oportunidad más.
- Sí claro. Hasta luego
–respondió desviando la mirada a su cuaderno.
Jamás
sabrá que es el punto álgido de mi día. Nunca había volcado tanto esfuerzo
emocional en nadie. Nadie me había retado tantas veces en duelo y había salido
tan herida. En un mundo lleno de desgracias, de magulladuras y moratones, de
continuo malestar, él había pasado de ser una triste sombra al objeto de todos
mis deseos. Mis tontas pasiones reafirmaban que yo era escoria en un mundo de
escoria.
