- Y allí estaba yo, conmigo mismo, una vez más, hablando con mis reflejos mentales y devanándome los sesos en busca de una identidad en la simple posición de un trozo de carne operativo y consciente de si mismo.
- ¿Te refieres a cuando ibas en el autobús de ida?
- Sí, sí. Los vehículos en movimiento son un excelente catalizador de pensamientos, o al menos dan la grata sensación de estar reflexionando en profundidad. Y allí, en ese momento traté de detallarme psicológicamente, porque todo aquello que componen las pautas y patrones de una persona me interesa, mucho más si el sujeto al que analizo es Oziel, osea, yo.
- Creo que pierdes el tiempo. La personalidad de la gente es muy difusa y metamorfoseante. Cada día te sorprenden con una nueva actitud. Nunca llegarás a entenderlos como nunca llegarás a entenderte a ti mismo. Mira, te explico, sabes que mi padre fue enterrador, ¿no?
- Me lo has comentado, sí.
- Pues, verás, en el cementerio del pueblo, a la vera de la capilla, existía una sala de cremación con una puerta roñosa que siempre, siempre estaba abierta pero nadie se molestaba en arreglar porque... bueno, porque era un sitio que imponía respeto. Y un día mi padre me envió a recoger las llaves de la casa, que se habían quedado encima de un mueble cualquiera, no me acuerdo bien. Y claro, yo aterrado (aunque era mediodía y hacía un solazo tremendo) avancé a paso lento en una sala que estaba sumergida por un manto de... de como lo diría, de terrible pesar. Y en esa atmósfera silenciosa vi un par de pies arrugados emerger a mi altura.
- Menudo susto debiste llevarte.
- ¡Sí! ¡Enorme! Bueno, el caso es que, el espanto y el terror duró un día escaso. El miedo se tornó en una insaciable curiosidad por volver a experimentar permanecer junto a la evidencia empírica de la muerte, y quería repetirlo a toda costa. Así que empecé a ir de noche al cementerio, a la sala de cremación, donde arrastraba un taburete rezagado en la esquina de la habitación y me ponía a observar a los cadáveres... qué se yo, horas.
- ¿Para qué? ¡Qué tontería! No es más que una carcasa vacía.
- Quizás no entiendes hasta que punto estás en lo cierto. Observarlos me hacía sentirme totalmente identificado con ellos. Cómo tú dices, empecé a comprender lo vacía que se encuentra la vida de significado y propósito, pero había algo más. ¡Más! ¡La vida carecía de existencia!
- ¿De qué demonios hablas?
- Lo que yo veía delante de mí no eran personas, eran cuerpos. Aquello que las hacía personas se había desvanecido en el latido de un corazón. Y realmente, parecían seguir teniendo un rastro de humanidad en sus rostros, en la ligerísima expresión de distensión que presentaban la mayoría de sus caras. Pero era todo una mera ilusión fruto de mis pensamientos. Allí no había más que materia, antes o después de que alguien considerase a ese trozo particular de masa "muerto", y esas implicaciones personales que insistía en imprimir en el resto de personas que aún permanecían con vida, eran del todo oportunistas y egocéntricas porque me dejaban a mí, un ser humano, vivo, en una posición privilegiada.
La vida no es más que una ilusión, Oziel. Aquello que nos hace llamarnos vivos es una vaga sensación de consciencia o control que tenemos de nosotros mismos, pero realmente es sólo eso, una sensación. No estamos muertos porque jamás estábamos vivos.
- ¿Sólo una sensación? ¡Sólo soy una sensación que se piensa operante! ¿Eso quieres decir?
- Sí.
- Eso es absurdo. El mero hecho de ser considerados ilusiones hace necesario algo, alguien, que ilusione.
- Esa es una condición que sólo alguien con fe en la vida podría requerir.
- Oh, menudo idiota. ¡Dime que estoy muerto, que soy una cáscara vacía! ¡Vamos! ¡Díme que jamás he experimentado cosa alguna, que mi persona tiene un valor nulo y preciosista sólo para sentir un mínimo de satisfacción en las piezas de mi mundo de fantasía!
Los restallidos de Oziel se reagolpaban en la mente del hijo del enterrador. Apenas habían tenido tiempo de conocerse entre ellos, y ya había construido su personalidad, sus expresiones, sus arrebatos, su tono de voz, y en fin, todo aquello que en síntesis resultaba en un clásico ser humano, tal y como había hecho con cada uno de esos despojos de seres vivos que se postraban en la chirriante mesa vertical.
El hijo del enterrador desdobló la manta para cubrir el rostro del cuerpo. Oziel se silenció de inmediato.
Por último, arrastró el taburete a una esquina de la habitación y salió por la roñosa puerta de la sala de cremación.
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