- ¿Y qué tal?
- Bien –dije, sin ánimo, casi sin prestar atención.
Ella
ya había predicho esta respuesta. “Bien” era una palabra tajante que no daba
pie a saber nada del interlocutor. Si hubiera dicho “mal”, hubiera surgido un “¿por
qué?” automático, e igualmente yo hubiera evadido la cuestión con un “no sé,
los problemas…”. Nos pasaríamos el turno hasta que nuestras frases prediseñadas
se agotasen, y entonces reinaría el silencio. El aburrimiento germinaría y ella
acabaría por irse con un “nos vemos”. Elegí decir “bien” para acelerar ése
momento, para hacer la atmósfera incómoda y molesta y así me dejase en paz.
- Hum –traducí de un bufido que
exhaló- nos vemos luego, ¿no?
- Sí, claro. Hasta luego.
- Hasta luego.
Era
esto una y otra vez. Una y otra vez las mismas cinco frases, que ponían en
evidencia un mundo circular en el que yo no ponía ningún empeño ni ilusión por
salir. Y tenía en mi mano siempre una oportunidad de hacer cambiar las cosas.
Pero evidentemente, lo único que haría sería mover ese círculo, a otro en el
que yo ni siquiera pertenecía.
Ella
debía sentir algo parecido. Este evento no era más que una intersección en
nuestras circunferencias.
Su entrada era “Hola”
Su salida “Hasta luego”.
Jamás sabrá que es el punto
álgido de mi día. Pero no me malinterpreten, ella no era mi mujer ideal.
Si
este momento me gustaba tanto era porque todas las conversaciones que se
cruzaban en mi día eran un continuo esfuerzo por aparentar ser una persona
normal. Por fingir que me interesa la opinión del resto de la gente, que de
verdad siento curiosidad por sus vidas. Layla y yo compartíamos ese desinterés
general, y por ello nuestras conversaciones reafirmaban la situación hasta el
punto de haber un extraño acuerdo entre nosotros.
Layla
ponía en evidencia que yo no estaba solo en este gris mundo.