viernes, 30 de marzo de 2012

Dos amigos

-Hay algo que siempre he deseado de pequeño, y no puedo decir con exactitud qué es. Era algo vago, delicioso y profundo que recorría mi cuerpo en la tensión de una película de acción, en las decenas de violines que se deslizaban entre el público las escasísimas veces que mi padre me llevó a la sala de conciertos, en mi lucha contra monstruos imaginarios que aniquilaba con el palo de una escoba en mi terraza.

Siempre estaba buscando ese “algo más”, ese, secreto solipsista donde yo era el destino, donde yo debía hacer algo por el mundo, por el universo o por mí mismo.

- Ah, amigo. Ya te entiendo. Tú sólo no te conformabas con la realidad. Así que acabaste por despreciarla.

- Sí. Supongo que puede ser tan simple como eso.

- ¿Y crees que tenías razón? ¿Que la vida te ofrecía algo más de lo que podías simplemente ver?

Le agarró el cuello con una mano. Con la otra sostenía un cigarrillo.

- Más bien todo lo contrario. Como un péndulo oscila, pasé de la mera fantasía al mero (y más puro) materialismo. De modo que, aunque de otra forma, sigo creyendo que yo soy el universo, y tú sólo un conjunto de sensaciones semicoherentes.

- ¿Y…-hizo un esfuerzo por hablar- … eso piensas al querer matarme?

- No, por desgracia eso no es lo que pienso. Voy a llorar, y mucho, al matarte. No podré dormir esta noche, ni probablemente en una semana. Pero sé que realmente eso no es culpa mía. Tú, vas a ser la prueba de que la nada y el todo coexisten. Si quiero ser fiel a esta idea, no puedes permanecer vivo.

Su amigo lloraba por miedo a la muerte. Él lloraba por miedo a la equivocación. Todo acabó en un par de minutos.

El asesino se sentó en el suelo.

Y junto a él aparecieron tres unicornios, un par de hadas y un gracioso demonio que no paraba de decir sandeces.

Sin ninguna oportunidad de reaccionar, el unicornio puso su pezuña sobre el hombro del asesino para evitar que se levantase.

- ¿Qué diablos has hecho? ¿¿Qué has hecho, humano?? ¡Has acabado con un alma!

- Valiente, valiente, humano valiente –saltaba el demonio encima del cadáver de su mejor amigo.

Una de las hadas, como una madre severa, tiró de la mano al demonio para que se alejara. Y todos desaparecieron, horrorizados, clavando sus ojos en el asesino.

viernes, 16 de marzo de 2012

Entró Emilio tambaleándose, apenas cabía por la puerta y le costaba hacerse a la idea de lo que estaba viendo:

- ¿Pero esto qué es? – preguntó escandalizado.

- Es mi casa, don Emilio. Perdone usté –y retiré una montaña de papeles dispuestos en una monstruosa pila (que además se encontraban justo en la línea de visión de la entrada, como si quisieran saludar a los visitantes para avergonzarme). Quité los auriculares, los libros, los mandos de televisión, la DS y el portátil del sofá, sacudí el polvo e hice ademán para que se sentase. Mi nerviosismo era visible.

Ana Marco no tuvo la compasión de dejarme ver qué pensaba y se limitó a dejar en su cara una permanente mueca de leve desagrado que estaba disfraza de simpatía graciosilla. Se sentó junto a Emilio, escaneando mi salón.

Dios mío, estaba temblando de miedo.

Llegó Eloy atravesando la puerta y se acomodó entre los trastos. Él ya había aceptado que así era mi casa y si podía encontrar algo de comodidad o belleza en el caos de mi hogar, mejor para él.

- ¿Cómo puedo vivir aquí? - se preguntó Marco. Tal vez era ilusión mía, pero su rostro estaba adquiriendo un matiz verde.

- Puedo intentar cuidarla todos los días. Un poco aunque sea.

- Sabes que me marcharé a la mínima indiscreción que me muestres. Yo soy una invitada exigente. Al igual que Emilio. ¿Verdad Emilio?

- Evidentemente, evidentemente.

- Sí, señora –asentí.

Llegó Inés y se puso a hablar con Eloy, saludando tímidamente a los físicos. Quería por supuesto algo de mi atención así que le preparé un Cola-Cao con mucha dedicación.

- Obake (que así me llamaba), a mi no me importa esto, de verdad. No hace falta que hagas nada.

Aún así se tomó la taza y la dejó en el fregaplatos. "No hace falta", pero mejor hacer algo ¿no?

Eloy estaba en un perpetuo silencio conmigo, como si no hubiera ya nada más que decir.

El telefonillo sonó y abrí la puerta principal a Andrés, Raúl y Juanma. Entraron con un contagioso ánimo. Cogí las pocas pertenencias que tenía de ellos y les preparé una habitación a cada uno.

- Sé que no es demasiado bueno. Podéis iros cuando queráis.

- Oh, no te preocupes. Estamos bien.

- Ya veremos –dije en un tono inquisitivo.

Volví al salón para darme cuenta de que los físicos estaban desvaneciéndose. Inmediatamente les serví un té y volvieron a hacerse más tangibles, más accesibles y decidieron quedarse más tiempo.

La figura de Ana Marco había cambiado ligeramente, y ahora vestía una bata crepuscular, un sombrero puntiagudo y unos zapatos que sobresalían en un rizo. Podía decirle que se quitase eso, que estaba ridícula. Me abstuve y dejé que en mi casa tomara la forma que quisiese.

- Guillermo –saltó Inés- ¿Qué es eso?

Inés señaló a una figura agazapada y oscura que apenas parecía visible.

- Eso, Inés, fue una puerta a la aceptación del desorden, una esperanza. Está muriendo, ¿no la ves?

- ¡Oh! ¿Pero vas a dejar que muera? –sollozó.

- No puedo ni debo hacer mucho. Fíjate la cantidad de invitados que tengo. ¿Cómo puedo dedicarle tiempo a algo que no sé lo qué es?

- Inés, déjale – fue lo único que comentó Eloy.

En realidad sentía alivio de que hablaran de aquella sombra. ¡Como si no estuviera allí y quisiera ignorarla!

Me acerqué a la sombra, mientras…

…llegaban las piraguas, las horas muertas, las mañanas desperdiciadas, las tardes en coma, las noches en ataraxia, la Cicatriz de Cristal, los colaboradores Intereconomía, la población china, las superficies de Gauss, las pdobabididades¸ la paranoia, Encarnita, Miss Panamá, Rina, Don Zoilo y Doña Carolina, los jugadores de golf, los 4.5, los robots, todos en una interminable fila, apretados y asfixiados en un espacio ínfimo, en una absoluta e hiriente incomodidad .

Sonaban las campanas del “¡No más, no más, no más, no más!”. Y la casa se llenaba de basura y escombros, de grietas y bultos. Y la sombra moría. Se moría y ahí no podía hacer nada.

Un té, un colacao, fregar los balcones, barrer… las órdenes se acumulaban en mi cabeza. Mientras más tiempo las dejaba reposar, más destruido quedaba el hogar. Cogí el perro de hierro que sujetaba la puerta del pasillo. Lo alcé en medio de la muchedumbre, y sin un sentimiento de liberación lo dejé caer sobre la figura oscura, que se esparramó por la alfombra en una mancha indeleble.

Sabía que necesitaba una mudanza. Pero antes de hacerla preferí dormir sobre el suelo desatendiendo a todos mis invitados un rato más.

jueves, 15 de marzo de 2012

Neutrón-man

¿No es espantosa la sensación de neutralizar todos los acontecimientos del día, de forma que ninguno te provoque una emoción, y que a la vez esto no sea algo excesivamente malo?
Querría, antes que este pegajoso aburrimiento darme el gusto de sentirme verdaderamente triste, pero de alguna forma mi cuerpo me insta permanecer en un estado de indiferencia, de permanente desapasionamiento. Un rastrero recurso biológico para no caer al abismo.

Es complicado y gracioso a la vez.



¡Soy demasiado viejo para tener 18 años!

lunes, 12 de marzo de 2012

Peter y su sombra


Una idea para un cuento:

Cuando una persona de nuestro mundo nace, al mismo tiempo lo hace otra en un plano distinto. LLega al universo una sombra. Y ésta en un principio no sabe, no entiende ni es capaz de comprender que es una mera silueta nuestra proyectada en el suelo. Una esclava.

Toda sombra ha creído en un principio ser real. Toda sombra ha creído que éramos su reflejo alguna vez.

Peter-Sombra está obsesionado con la idea de ser un mero espectador de la vida de Peter-real. Una vez toma conciencia de Peter y de su mundo, se siente incompleto. La sensación de vacío lo inunda, y no es capaz de transmitirla a su universo personal porque es falso, vago, apenas un esbozo de la vida real. Sus amigos son sombras de los amigos de Peter, sus bienes son meras ilusiones. Parece como si sólo obtuviera unas tristes sobras de la realidad.

Peter-sombra quiere vivir la vida de Peter-real. Mejor dicho, quiere vivir.
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Hubo veces en las que PeterS aceptó su condición de espejismo, y durante la noche se fusionó con sus compañeros, se internó en el mundo de las sombras para buscar algo de alivio ante la soledad. Pero nunca pudo evitar dejar de seguir a Peter, como todas las sombras no son capaces de abandonar aquello que aman.
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PeterS acompañó a Peter durante el resto de su vida, siendo uno más en su adolescencia, madurez, vejez y senectud, formando una pequeña parte de los acontecimientos de su vida. La agonía de PeterS reside básicamente en que, aunque él mismo estuviera continuamente observándole, Peter ignoraba su sombra la mayoría de las veces. Está permanentemente desapercibido por aquello que ansía.

Cuando Peter murió, su sombra quedó encerrada en el ataúd con él. Y allí permaneció durante un tiempo indefinido, revolviéndose entre los recuerdos y acumulando progresivamente una peligrosa desesperación que explotaría algún día.

Y una vez ese día llegó, no pudo evitar darse cuenta de que él, una masa oscura, estaba de pie, frente al mundo, y en el suelo, tumbado y aplastado se encontraba el cadáver de Peter haciéndose polvo. Y mientras más resquebrajado su cuerpo se encontraba, más indefinido se hacía PeterS, hasta disolverse, hacerse irreconocible y volar disperso por el viento.
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Los temas superficiales son el relativismo, la indefinición de la verdad y la angustia vital. Pero el corazón de este relato es el ideal de uno mismo, y la dirección que el hombre toma en su vida, continuamente acosado por una idealización de su persona.