-Hay algo que siempre he deseado de pequeño, y no puedo decir con exactitud qué es. Era algo vago, delicioso y profundo que recorría mi cuerpo en la tensión de una película de acción, en las decenas de violines que se deslizaban entre el público las escasísimas veces que mi padre me llevó a la sala de conciertos, en mi lucha contra monstruos imaginarios que aniquilaba con el palo de una escoba en mi terraza.
Siempre estaba buscando ese “algo más”, ese, secreto solipsista donde yo era el destino, donde yo debía hacer algo por el mundo, por el universo o por mí mismo.
- Ah, amigo. Ya te entiendo. Tú sólo no te conformabas con la realidad. Así que acabaste por despreciarla.
- Sí. Supongo que puede ser tan simple como eso.
- ¿Y crees que tenías razón? ¿Que la vida te ofrecía algo más de lo que podías simplemente ver?
Le agarró el cuello con una mano. Con la otra sostenía un cigarrillo.
- Más bien todo lo contrario. Como un péndulo oscila, pasé de la mera fantasía al mero (y más puro) materialismo. De modo que, aunque de otra forma, sigo creyendo que yo soy el universo, y tú sólo un conjunto de sensaciones semicoherentes.
- ¿Y…-hizo un esfuerzo por hablar- … eso piensas al querer matarme?
- No, por desgracia eso no es lo que pienso. Voy a llorar, y mucho, al matarte. No podré dormir esta noche, ni probablemente en una semana. Pero sé que realmente eso no es culpa mía. Tú, vas a ser la prueba de que la nada y el todo coexisten. Si quiero ser fiel a esta idea, no puedes permanecer vivo.
Su amigo lloraba por miedo a la muerte. Él lloraba por miedo a la equivocación. Todo acabó en un par de minutos.
El asesino se sentó en el suelo.
Y junto a él aparecieron tres unicornios, un par de hadas y un gracioso demonio que no paraba de decir sandeces.
Sin ninguna oportunidad de reaccionar, el unicornio puso su pezuña sobre el hombro del asesino para evitar que se levantase.
- ¿Qué diablos has hecho? ¿¿Qué has hecho, humano?? ¡Has acabado con un alma!
- Valiente, valiente, humano valiente –saltaba el demonio encima del cadáver de su mejor amigo.
Una de las hadas, como una madre severa, tiró de la mano al demonio para que se alejara. Y todos desaparecieron, horrorizados, clavando sus ojos en el asesino.

