miércoles, 12 de diciembre de 2012

I




Oh, Dios mío. Su expresión, ¿os acordáis de ella? Esa expresión que todos los días traía con él. Es como si nos clavara en el suelo, como si nos hiciera intuir algo que él podía ver claramente, ¿no? -Maribel buscó cabezas asintiendo a su alrededor-¿No es así?
Tienes razón-dijo el Maestro- . Si hubiéramos hecho algo al respecto tal vez él ahora no… no hubiera pasado lo que ha pasado.
Don Zoilo cortó un puro y carraspeó como si fuera a decir algo, pero la conversación estaba atascada y se estaban prolongando diálogos previsibles, sin gracia. En lugar de palabras expulsó un bufido húmedo, una ligera lluvia de saliva que formó unas minúsculas gotitas en el sofá de la habitación. Pensé que si fuera una mota de polvo me ahogaría en su saliva, en un lago rodeado por una pradera de cuero.
Precaución –dijo el Maestro. - Estas cosas pasan por no tener cuidado. ¡Cómo podía tener el joven una vida tan solitaria! Vamos, es de vergüenza. Vivía ahí solo cerca de la carretera. Sin amigos ni familia. Y no hicisteis nada. Bueno, ni yo tampoco, claro.
Quizás –dije- estaba cansado.
Cansado, sí… ¡Cansado de la sociedad! Se cansó de que nos preocupáramos por él, ¿no? ¡Se cansó! -y encogió los hombros haciéndose el tonto.
Bueno, al menos ya me he cansado de usted, Maestro. No hay nada que discutir aquí - me levanté con cierta agresividad-. Sigan parloteando como viejas. Yo ya he acabado aquí.

Abandoné el ayuntamiento a paso ligero y respiré hondo para renovar el aire que circulaba en mis venas.  Quizás todavía llevaba la saliva de Don Zoilo impregnada a los pulmones. Y allí probablemente quedarían atascadas esas gotitas años y años y más años… en un bosque de fibras, conviviendo con la fauna de las bacterias.

En medio de estos pensamientos, durante el camino hacia mi casa vi el trigo oscilar a lo lejos en mareas de amarillo. La imagen era sumamente relajante y quedé flotando en la brisa ahilada. Mientras las cortinas iban y venían, surgió de pronto una intermitente mancha negra entre ellas. Agudicé la vista y allí seguía; apareciendo y desapareciendo al compás del viento.
Aquella noche no dormí bien. Tuve pesadillas con Merge (quizás no era Merge, quizás era otro payaso, otra identidad desfigurada que mis sueños a veces crean), con que me agarraba de los brazos y decía que mi madre era una malparida. No le creía en el sueño, claro, pero él no paraba de repetirlo. “Calla, cállate”, le decía, “tienes que estar borracho”, le decía. Y él se desvanecía, iba desapareciendo y silenciándose. Su voz adquirió entonces el tono de la brisa y volví a ver el trigo flexionarse en su peculiar tic-tac.
Y allí, la mancha negra, con un par de ojos tribales, salvajes y redondos mirándome. Una mirada que no había podido sostener aquella tarde y ahora me castigaba con su inexorable presencia.
¿Cuándo fue la última vez que le vio?
Eh…-traté de recordar e ir saltando entre minúsculos recuerdos que me ligaran hasta él-…cuatro días.
¿De qué hablaron?
¿Qué más da?
Puede ser importante. Responda -y aquí dudó un instante-.Por favor.
Hablábamos de él.
Explíquese.
Estaba mal. Eso era todo. Intenté consolarle como pude.
¿Él y usted eran pareja?
La expresión de esos ojos era la atención insistente de un depredador. Y ahí, en mi imaginación, me acechaba constantemente. Era completamente injusto, no podía esconderme en ningún sitio. Totalmente desquiciante.
Muy gracioso. No.
De acuerdo. ¿Dónde le vio?
Fuera de su casa. En la misma entrada.
¿Sobre qué hora?
No era capaz de responder con claridad. Sentía que mi realidad se había desajustado, que mi imagen se había desplazado de su molde original y estaba entre dos muros aplastándome. Lograba identificar que uno era esta molesta situación. El otro provenía de esos ojos, pero no lograba discernir, no pude hallar qué era lo que me fastidiaba de ellos.
De madrugada. Serían las dos. Las dos de la madrugada.
Y no eran pareja.
No que yo sepa.
La cuerda se cortó por fin entre la policía y yo. Don Zoilo, nada más me vio libre, se me acercó bamboleante, entornando los ojos en busca de curiosos. No pude dejar de verle como un saco de fluidos.
¿Te han dado mucho el coñazo?
Lo justo y preciso, Don Zoilo. Don Zoilo, Don Zoilo…-dije en un tono decreciente.
¿Qué te pasa?
Oh… Nada. Me encuentro algo mal. Necesito su saliva.
¿Cómo?
¿Él y usted eran pareja, Don Zoilo?
Le quería. Pero no tanto.
Eso parece. Que ahora que no está todos le queremos, pero no lo suficiente para amarle.
Nos acostumbramos a su presencia. Para nosotros no tenía nada de espectacular verle merodeando, divagando por el centro.  Un trocito más de  rutina. Y ahora que no está en nuestro jueguecito de bloques todas las piezas han de recolocarse.
Sí –mentí-. Es cierto. Mierda, qué egoístas somos.
Desconocía si lo que me turbaba ya era el hecho de que no estuviera él o si por el contrario sólo me asustaba esa forma de morir. Salí del Ayuntamiento corriendo e hice volar un par de papeles que no me molesté en recoger.
El calor apretaba en el exterior. Me rascaba la piel y ya no había viento suficiente para espantarlo, así que aceleré para retirarme del mundo de la luz. Esa luz que volvía a hacer el escenario artificial, un paso previo y repetitivo de sufrimiento hasta llegar a casa.
Y sin embargo, quedaba algo por hacer. Me desvié hacia el campo de trigo, donde busqué durante unos minutos algo que fue fácil de encontrar.
El tamaño era el de un labrador adulto. Se sostenía débilmente sobre dos patas que parecían hechas solamente de pelo y se retorcían y entrelazaban en una maraña que conformaba el cuerpo principal, adornado con esos ojos redondos y brillantes. Tras ellos portaba encajada una ornamenta circular metálica de color plata que brillaba intensamente. Los filamentos acababan tras la ornamenta en dos apéndices que se agitaban débilmente, detectando, construyendo su mundo de sensaciones.
La primera vez que cogí a la criatura apenas pesaba un par de kilos. No opuso resistencia. Tampoco me miró. Era como coger una muda de piel, una peluca hueca, pero sabía que estaba viva.
Una vez en casa, la deposité en el suelo  y le ofrecí un cuenco de leche, a lo que la malparida bestia me respondió con su silencio y quietud.  La olvidé pronto y me puse a trabajar durante el transcurso de la tarde. Llamaron un par de veces a la puerta y no respondí. Porque todos quieren ahora hablar y que les escuchen. Y no estaba en disposición de hacerlo. No quería que me dijeran que sentían la pérdida de algo que todavía no sabía… que no entendía…que…

¿Alguien sabe el motivo? -Preguntó de súbito el Maestro.
Todos levantamos la cabeza, como si la pregunta nos ofendiera.
¿Alguien sabe por qué se mató Merge? -Volvió a preguntar- Yo no me lo puedo imaginar. Tú- me señaló- le conocías. Y usted, Zoilo.
No tan bien como yo creía -respondí automáticamente-. A mí también me ha sorprendido.
No me lo creo -dijo el Maestro en un súbito arranque de agresividad. Supuse en ese momento que estaba harto de respuestas inconclusas, de incoherencias, recuerdos incompletos y que quería encajar las piezas con la fuerza bruta-. De hecho no te ha sorprendido lo más mínimo. Ni te he visto llorar, ni enfadarte (no especialmente). Casi podría decirse que esperabas esto. Casi, casi podría decir que tienes parte de culpa. Y casi casi casi casi, podría decir que lo mataste tú.
Oiga-me defendí-, ¿a qué viene esto? Si tiene algo de lo que acusarme, dígalo sin reparos.
Oh, no. Tener no tengo nada-el Maestro se levantó. Le temblaban las manos y le temblaban los ojos también. Yo conocía ese temblor; lo experimenté muy ligeramente en mi infancia cuando levantaba la mano para responder algo que sabía. Un temblor victorioso, acompañado del miedo de fracasar cuando la oportunidad se presenta en bandeja-. Pero nos has repetido numerosas veces a nosotros y a los policías que fuiste la última persona en hablar con Merge. Y nos has dicho que “le consolaste”. Y digo yo, ¿le consolaste de veras? ¡Porque vaya consuelo! Al día siguiente, un suicidio. En serio, nunca me aconsejes. De hecho, no digas ni una palabra porque entiendo lo que sucedió y no creeré otra cosa.
Maribel y don  Zoilo nos miraban a mí y al Maestro como si un pájaro volara alrededor de nuestras cabezas. Ninguno decía nada. El espectáculo morboso y la posible resolución del problema les intrigaban.
Don Zoilo quería ver al Maestro, ese personajillo patético, humillado otra vez. Quería que le aplastase como una cucaracha. Maribel, por otro lado, deseaba que me derrumbase, obviamente porque su marido debía tener razón. Zoilo veía las gotas de sudor en el Maestro. Maribel veía en mí una expresión de dolor, un avance de lágrimas que iban a ser derramadas enseguida.
Muy bien- respondí. Y me eché a llorar segundos después.
Corrí. Volé. Cerré la puerta de súbito y me sumergí en la completa oscuridad. Aquello dejó de ser mi casa, era un vacío, un agujero del mundo donde sólo la nada existía. Los ojos, tal y como suponía, estaban allí.
Se irguieron, se levantaron y colocaron a mi altura, amenazantes. Era cierto que había estado acechándome, escondiendo su verdadera forma hasta tenerme entre sus garras.
Retrocedí presa del terror mientras la sombra se deslizaba lentamente haciendo crujir la madera. El espacio se combó alrededor del ser, como si él mismo fuera el origen de la gravedad y torciera las cadenas que ataban las distancias entre objetos. Oía el crujir de la madera, sí, pero también oía el papel de los libros de las estanterías estirarse, las fibras de la alfombra deshilacharse, la piedra de la chimenea agrietarse en una orquesta del caos que me circundaba y me hacía caer a la vez en una dirección desconocida.
La criatura lanzó un apéndice y me agarró de la cintura, serpenteando entre mis miembros para inmovilizarme. Le agarré con un brazo libre un trozo del cuerpo y arañé hasta quitarle pedazos de pelo, esparciéndola así por la habitación, haciéndola inmensa e inevitable. Tiró de mí hasta que nuestras miradas se distanciaron apenas unos centímetros.
Él, había sido él. Él todo el tiempo. Esto era lo que le había matado. Y ahora entendía qué había estado haciendo. Por eso estos pensamientos, por eso este vacío. En mi fuego interior había algo que no me había dejado caer. Algo que estaba en la saliva de Don Zoilo, en las conversaciones con el Maestro, en el oscilar del trigo. Había estado en una constante lucha por no deshacerme y yo acababa de expulsar a mis aliados, a las cuerdas que sostenían aquello que era yo.
Los ojos se separaron entre sí y volaron a mi alrededor en lo que me pareció una especie de maldición. Pero lejos de la realidad, la criatura sólo me comunicó un mensaje. Una frase que necesitaba desesperadamente oír.
En la violencia, en la fantasía grotesca que estaba sucediendo, me dio un abrazo que me rodeó desde todos los puntos de mi cuerpo. Era el baño de una masa, el calor de una muerte dulce a la que quería oponerme y por ello me resultaba tan desagradable. No tenía sentido prolongar lo inevitable, no tenía ningún sentido luchar porque ya estaba todo perdido. Y me dejé ahogar por ella. Disolverme en sus entrañas... desaparecer.
“Él tenía razón”

Mírame, Merge, ¿soy yo?
Merge estaba completamente desorientado. Un fantasma le acuchillaba el alma, y no podía verlo, pero sí percibir que estaba muriéndose de una forma insólita. No sabía ni nunca supe qué hacer.
No… lo sé.
Le cogí de los hombros y lo agité con fuerza.
Mira cómo te marean tus ilusiones. ¡Ja, ja, ja! Qué tontito eres.

Merge me tanteó el brazo con los dedos y noté una línea sensorial fría y divertida atravesar la superficie de mi piel. Estaba contenta, muy contenta de verle tan dominado por mí. De pronto, sin embargo, se alejó dando pasos hacia atrás, aún observando mi brazo.

¿Por qué no te quedas en mi…?
Adiós -se despidió.
Adiós…-le dije.

Siguió caminando hacia atrás. El caminar, sus pasos, se desfiguró, se descolocó como si mi vista estuviera fallando y ya no le veía, ni intuía su figura.

Por un momento, por un leve instante me esparcí en el aire de la noche y caí sobre la hierba, que no era hierba, y la tierra, que no era tierra, y el cielo, que no era cielo. Y una vez me recompuse, supe que me hacía compactado en un cuerpo, que no era un cuerpo.