Paseas tus
ojos una y otra vez por los productos. Más o menos sabes qué cogerás, pero
existe en ti un minúsculo deseo de probar algo nuevo y ese deseo se satisface
comprobando, una vez más, que no hay nada que te apetezca más que el sándwich
de pavo envuelto en el cartón decorado con el patrón de hojas del bosque.
Introduces entonces cinco, seis, siete monedas y pulsas la D a continuación de
la F. La pantalla azul te da las gracias y te muestra el cambio que va a
devolverte, pero tú no prestas atención a eso, tú prestas atención al resorte
negro que está empujando tu comida al vacío. Como siempre, a mitad de camino,
el resorte deja de avanzar dos segundos haciendo que las hormonas que controlan
tu ira se expriman y vibren en tu cuerpo. Te proyectas a ti mismo en unos segundos
dando puñetazos al cristal para exigir lo que es tuyo, pero entonces recuerdas
que el ritual es el mismo, que nada extraño ocurre y así el resorte continua
con su camino y tu comida cae al cajón. Te olvidas del cambio.
Con
tu mano derecha empujas la pantalla protectora que pone PUSH y coges el
sándwich. Al usar solo una mano, la pantalla vuelve a caer, te haces daño en
los dedos y el envoltorio se estropea perdiendo toda su belleza geométrica. Te
hubieras sentido estúpido de no ser porque piensas que es el resultado de hacer
las cosas en desánimo y te compadeces de ti y de tu comida. Te sientes algo
miserable, algo triste y no te extraña que el entorno, que las cosas que
suceden a tu alrededor, que las caras que ves y las palabras que oyes se contaminen
de ti y sin embargo no puedes evitar encontrar en ello algo placentero,
rutinario, enteramente conocido, como un familiar desagradable.
Te
das la vuelta y caminas más de lo necesario hasta un banco de metal que
piensas, a nadie le gusta. Allí te sientas y te hundes en tu ropa de invierno
que se desinfla ante la presión de tu peso. Estás incómodo y te sientes
ridículo con tu sándwich de pavo roto. Miras tu reloj digital de plástico y calculas
que te quedan cuatro minutos, treinta segundos para volver dentro. Miras a tu
alrededor y ves a una chica al otro lado de los laboratorios absorta en su
teléfono móvil. Su cabeza, inclinada, te apunta y te molesta. Deseas
intensamente que se vaya, pero no lo hará y eso te hace odiarla de una forma
que sabes, es absurda e irracional, tan absurda e irracional que te odias a ti
mismo con mayor intensidad. Te preguntas si hay algo que envidias de ella.
Respiras. Abres
lo que queda del envoltorio por la línea perforada que te ofrece y de él sale
una bocanada de aire húmedo, ácido, ligeramente químico y suave. Tocas el pan
con los dedos, lo aplastas y compruebas que es la misma masa mojada de siempre,
que nada cambia y que sabes lo que viene a continuación. Tal y como ves el
sándwich entero, aunque deformado, sabes que cuando vuelvas a mirar no habrá otra
cosa en tus manos que un envoltorio manchado de gotas de agua con vinagre y
mayonesa, sabes que tendrás las manos sucias, que las arrastrarás por el
pantalón y que conservarán un olor agrio hasta que vuelvas a casa pues no
tendrás tiempo para ir a un cuarto de baño. Molesto, das un mordisco y tragas,
das otro, posas la vista en un pequeño camino de piedra plagado de surcos
rellenos por la lluvia de la mañana.
Sus mosaicos,
sus irregularidades son demasiado complejas como para prestar atención a otra
cosa y quedas absorto en sus infinitos detalles. Sopla una brisa fría y
penetrante mientras observas los reflejos irreales del charco de agua sucia y ves
entonces que hay algo mágico en ella. De repente no te sientes atrapado en la
universidad, estás en otro sitio, sopla el viento de una aventura, de un giro
de destino propio de la literatura fantástica. Tu identidad contemporánea ha
sido borrada y ahora eres el personaje de una historia emocionante y
trascendental. Sopla una brisa fría, una brisa de un mar. Si levantaras la
vista no verías la fachada blanca, no verías las letras en relieve que rezan
L-1, no verías a la chica del móvil. Verías un castillo de piedra derruido,
verías un puerto de madera y el mar abierto en su extensión, verías el barco
que viene a recogerte acercarse en el horizonte. Sabes que no es así y no lo
sabes a la vez, te resistes a levantar la mirada. Te aferras a tu nueva
historia, pero inevitablemente se degrada y confunde. La brisa cesa y la inyección
pasiva de tu imaginación se ha agotado, dejas de ser espectador, ahora eres
creador y lo haces mal, te equivocas. Tus imágenes son difusas, incoherentes,
tienen ruido, poca gracia o simplemente no son capaces de pegarse a lo que tu
subconsciente te ofrece. Te frustras. Levantas la mirada y está la fachada
blanca. Respiras.
Piensas en las
cosas que podrían hacerte feliz y las pocas palabras que vienen a tu cabeza
provienen de películas americanas y mitos griegos. Piensas en el amor en el que
muchos adolescentes nihilistas vuelcan su existencia, piensas en la excelencia,
piensas en la riqueza y te llevas las manos al cabeza, humillado por tu propio
diálogo interno. Descubres una vez más tu trampa emocional sin un propósito
claro, construyes expectativas que nunca alcanzarás y si las alcanzases no
servirían de nada, pues son ridículas, ineficientes, solo tienen un valor
poético para la gente como tú, gente que odias. Te sientes maldito, condenado,
atrapado, te sientes de pie sobre la línea entre la rendición y la aceptación.
Sabes que no encontrarás sentido ni dirección, y aún así, estúpido de ti,
sigues masturbándote en el espejismo del fracaso, sigues siendo un romántico,
eres consciente de que la realidad es un engrudo de ficciones y en lugar de
jugar escoges las peores y te revuelcas sobre ellas en la pronunciada pendiente
que alimenta tu inercia personal.
La verdad es, eres
la persona más hipócrita y egocéntrica que conoces.
Quizás
algún día aprendas a mentir a alguien que no seas tú mismo, quizás algún día
comprendas lo que significa ser egoísta, pero tú miras el reloj de plástico y
calculas que te quedan dos minutos y diez segundos para volver a entrar.