Entró Emilio tambaleándose, apenas cabía por la puerta y le costaba hacerse a la idea de lo que estaba viendo:
- ¿Pero esto qué es? – preguntó escandalizado.
- Es mi casa, don Emilio. Perdone usté –y retiré una montaña de papeles dispuestos en una monstruosa pila (que además se encontraban justo en la línea de visión de la entrada, como si quisieran saludar a los visitantes para avergonzarme). Quité los auriculares, los libros, los mandos de televisión, la DS y el portátil del sofá, sacudí el polvo e hice ademán para que se sentase. Mi nerviosismo era visible.
Ana Marco no tuvo la compasión de dejarme ver qué pensaba y se limitó a dejar en su cara una permanente mueca de leve desagrado que estaba disfraza de simpatía graciosilla. Se sentó junto a Emilio, escaneando mi salón.
Dios mío, estaba temblando de miedo.
Llegó Eloy atravesando la puerta y se acomodó entre los trastos. Él ya había aceptado que así era mi casa y si podía encontrar algo de comodidad o belleza en el caos de mi hogar, mejor para él.
- ¿Cómo puedo vivir aquí? - se preguntó Marco. Tal vez era ilusión mía, pero su rostro estaba adquiriendo un matiz verde.
- Puedo intentar cuidarla todos los días. Un poco aunque sea.
- Sabes que me marcharé a la mínima indiscreción que me muestres. Yo soy una invitada exigente. Al igual que Emilio. ¿Verdad Emilio?
- Evidentemente, evidentemente.
- Sí, señora –asentí.
Llegó Inés y se puso a hablar con Eloy, saludando tímidamente a los físicos. Quería por supuesto algo de mi atención así que le preparé un Cola-Cao con mucha dedicación.
- Obake (que así me llamaba), a mi no me importa esto, de verdad. No hace falta que hagas nada.
Aún así se tomó la taza y la dejó en el fregaplatos. "No hace falta", pero mejor hacer algo ¿no?
Eloy estaba en un perpetuo silencio conmigo, como si no hubiera ya nada más que decir.
El telefonillo sonó y abrí la puerta principal a Andrés, Raúl y Juanma. Entraron con un contagioso ánimo. Cogí las pocas pertenencias que tenía de ellos y les preparé una habitación a cada uno.
- Sé que no es demasiado bueno. Podéis iros cuando queráis.
- Oh, no te preocupes. Estamos bien.
- Ya veremos –dije en un tono inquisitivo.
Volví al salón para darme cuenta de que los físicos estaban desvaneciéndose. Inmediatamente les serví un té y volvieron a hacerse más tangibles, más accesibles y decidieron quedarse más tiempo.
La figura de Ana Marco había cambiado ligeramente, y ahora vestía una bata crepuscular, un sombrero puntiagudo y unos zapatos que sobresalían en un rizo. Podía decirle que se quitase eso, que estaba ridícula. Me abstuve y dejé que en mi casa tomara la forma que quisiese.
- Guillermo –saltó Inés- ¿Qué es eso?
Inés señaló a una figura agazapada y oscura que apenas parecía visible.
- Eso, Inés, fue una puerta a la aceptación del desorden, una esperanza. Está muriendo, ¿no la ves?
- ¡Oh! ¿Pero vas a dejar que muera? –sollozó.
- No puedo ni debo hacer mucho. Fíjate la cantidad de invitados que tengo. ¿Cómo puedo dedicarle tiempo a algo que no sé lo qué es?
- Inés, déjale – fue lo único que comentó Eloy.
En realidad sentía alivio de que hablaran de aquella sombra. ¡Como si no estuviera allí y quisiera ignorarla!
Me acerqué a la sombra, mientras…
…llegaban las piraguas, las horas muertas, las mañanas desperdiciadas, las tardes en coma, las noches en ataraxia, la Cicatriz de Cristal, los colaboradores Intereconomía, la población china, las superficies de Gauss, las pdobabididades¸ la paranoia, Encarnita, Miss Panamá, Rina, Don Zoilo y Doña Carolina, los jugadores de golf, los 4.5, los robots, todos en una interminable fila, apretados y asfixiados en un espacio ínfimo, en una absoluta e hiriente incomodidad .
Sonaban las campanas del “¡No más, no más, no más, no más!”. Y la casa se llenaba de basura y escombros, de grietas y bultos. Y la sombra moría. Se moría y ahí no podía hacer nada.
Un té, un colacao, fregar los balcones, barrer… las órdenes se acumulaban en mi cabeza. Mientras más tiempo las dejaba reposar, más destruido quedaba el hogar. Cogí el perro de hierro que sujetaba la puerta del pasillo. Lo alcé en medio de la muchedumbre, y sin un sentimiento de liberación lo dejé caer sobre la figura oscura, que se esparramó por la alfombra en una mancha indeleble.
Sabía que necesitaba una mudanza. Pero antes de hacerla preferí dormir sobre el suelo desatendiendo a todos mis invitados un rato más.
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