sábado, 27 de agosto de 2022

El detalle

 Sentado sobre el cojín polvoriento del metro me hallo. Frente a mí, otros cuatro asientos coloreados en rojo pardo señalizan ser destinados para personas vulnerables. Sobre cada uno de ellos hay una pegatina azul pegada al cristal que dibuja un monigote en silla de ruedas. El asiento de la derecha no está coloreado en pardo a pesar de tener pegatina. La pegatina de la derecha está rota en dos y el pegamento sucio mancha el cristal. Los asientos son iluminados por un halógeno. El metacrilato del halógeno parece sellado en la estructura metálica de la lámpara, pero inexplicablemente han quedado atrapados en él una multitud de insectos muertos. El suelo es gris con motas negras ovaladas e irregulares que tienden a ser giradas hacia mi derecha. El brillo es mate debido a los numerosos rayones que presenta. En el extremo derecho del vagón, el suelo gris ha sido cortado y reemplazado por otro, este gris perlado. El patrón es ahora de rayas de tiza blanca en distintos grados de desvanecido, colocadas al azar y en horizontal. El corte entre ambos suelos es burdo, el suelo se levanta en flecos de plástico y hay suciedad pegajosa incrustada en la frontera. Una barra roja recorre el perfil del vagón para que los pasajeros puedan asirse. El rojo es brillante y luce nuevo. La barra es seccionada cada pocos metros y la oquedad de la tubería es tapada con un embellecedor de plástico gris y duro. Falta el embellecedor a mi derecha. Al fondo, hay una papelera metálica y cuadrada, incrustada en la pared. La papelera no tiene bolsa de plástico donde arrojar la basura, aún así está a rebosar y asoma un refresco por su hueco. Un mapa de las líneas de metro se ha pegado con acrílico en un resquicio anguloso del techo del vagón. El mapa contiene una parada llamada “Beteró”, que ya no existe. A mi lado izquierdo, una mujer juega con el móvil a un juego de puzzles donde tiene que alinear gemas de cuatro en cuatro. Le quedan tres movimientos, no es posible resolver el puzzle y ella desliza el pulgar entre dos joyas. Ambas se mueven y nada explota. Un joven se acerca a mí y me pregunta dónde encontrar el ayuntamiento. Le digo que debe apearse en Colón. Luis me corrige y dice que debe hacerlo en Xátiva. Le digo que al salir debe ir a la izquierda. Luis me corrige y dice que debe ir a la derecha. Le digo que tardará diez minutos en llegar. Luis me corrige y dice que serán cinco minutos. Las puertas se abren en Xátiva. Nos apeamos Luis y yo del vagón. Frente a mí veo un póster publicitario protegido por un cristal. El papel del póster está arrugado y un cuarto de él se ha ensombrecido en sus pliegos por la luz vertical. El cristal está atornillado por cuatro tuercas. En tres de ellas el cristal se ha resquebrajado. Falta el embellecedor de una tuerca. 


Subimos las escaleras, salimos de la estación. Caminamos por la calle. Frente a mí veo el cartel-pizarra de un bar derribado en el suelo. Levanto el cartel para ponerlo de pie. Sale una mujer del bar. La mujer me corrige y me dice que están cerrando. Tumbo el cartel de nuevo.


sábado, 15 de noviembre de 2014

D-F-PUSH

Paseas tus ojos una y otra vez por los productos. Más o menos sabes qué cogerás, pero existe en ti un minúsculo deseo de probar algo nuevo y ese deseo se satisface comprobando, una vez más, que no hay nada que te apetezca más que el sándwich de pavo envuelto en el cartón decorado con el patrón de hojas del bosque. Introduces entonces cinco, seis, siete monedas y pulsas la D a continuación de la F. La pantalla azul te da las gracias y te muestra el cambio que va a devolverte, pero tú no prestas atención a eso, tú prestas atención al resorte negro que está empujando tu comida al vacío. Como siempre, a mitad de camino, el resorte deja de avanzar dos segundos haciendo que las hormonas que controlan tu ira se expriman y vibren en tu cuerpo. Te proyectas a ti mismo en unos segundos dando puñetazos al cristal para exigir lo que es tuyo, pero entonces recuerdas que el ritual es el mismo, que nada extraño ocurre y así el resorte continua con su camino y tu comida cae al cajón. Te olvidas del cambio.

                Con tu mano derecha empujas la pantalla protectora que pone PUSH y coges el sándwich. Al usar solo una mano, la pantalla vuelve a caer, te haces daño en los dedos y el envoltorio se estropea perdiendo toda su belleza geométrica. Te hubieras sentido estúpido de no ser porque piensas que es el resultado de hacer las cosas en desánimo y te compadeces de ti y de tu comida. Te sientes algo miserable, algo triste y no te extraña que el entorno, que las cosas que suceden a tu alrededor, que las caras que ves y las palabras que oyes se contaminen de ti y sin embargo no puedes evitar encontrar en ello algo placentero, rutinario, enteramente conocido, como un familiar desagradable.

                Te das la vuelta y caminas más de lo necesario hasta un banco de metal que piensas, a nadie le gusta. Allí te sientas y te hundes en tu ropa de invierno que se desinfla ante la presión de tu peso. Estás incómodo y te sientes ridículo con tu sándwich de pavo roto. Miras tu reloj digital de plástico y calculas que te quedan cuatro minutos, treinta segundos para volver dentro. Miras a tu alrededor y ves a una chica al otro lado de los laboratorios absorta en su teléfono móvil. Su cabeza, inclinada, te apunta y te molesta. Deseas intensamente que se vaya, pero no lo hará y eso te hace odiarla de una forma que sabes, es absurda e irracional, tan absurda e irracional que te odias a ti mismo con mayor intensidad. Te preguntas si hay algo que envidias de ella.

Respiras. Abres lo que queda del envoltorio por la línea perforada que te ofrece y de él sale una bocanada de aire húmedo, ácido, ligeramente químico y suave. Tocas el pan con los dedos, lo aplastas y compruebas que es la misma masa mojada de siempre, que nada cambia y que sabes lo que viene a continuación. Tal y como ves el sándwich entero, aunque deformado, sabes que cuando vuelvas a mirar no habrá otra cosa en tus manos que un envoltorio manchado de gotas de agua con vinagre y mayonesa, sabes que tendrás las manos sucias, que las arrastrarás por el pantalón y que conservarán un olor agrio hasta que vuelvas a casa pues no tendrás tiempo para ir a un cuarto de baño. Molesto, das un mordisco y tragas, das otro, posas la vista en un pequeño camino de piedra plagado de surcos rellenos por la lluvia de la mañana.

Sus mosaicos, sus irregularidades son demasiado complejas como para prestar atención a otra cosa y quedas absorto en sus infinitos detalles. Sopla una brisa fría y penetrante mientras observas los reflejos irreales del charco de agua sucia y ves entonces que hay algo mágico en ella. De repente no te sientes atrapado en la universidad, estás en otro sitio, sopla el viento de una aventura, de un giro de destino propio de la literatura fantástica. Tu identidad contemporánea ha sido borrada y ahora eres el personaje de una historia emocionante y trascendental. Sopla una brisa fría, una brisa de un mar. Si levantaras la vista no verías la fachada blanca, no verías las letras en relieve que rezan L-1, no verías a la chica del móvil. Verías un castillo de piedra derruido, verías un puerto de madera y el mar abierto en su extensión, verías el barco que viene a recogerte acercarse en el horizonte. Sabes que no es así y no lo sabes a la vez, te resistes a levantar la mirada. Te aferras a tu nueva historia, pero inevitablemente se degrada y confunde. La brisa cesa y la inyección pasiva de tu imaginación se ha agotado, dejas de ser espectador, ahora eres creador y lo haces mal, te equivocas. Tus imágenes son difusas, incoherentes, tienen ruido, poca gracia o simplemente no son capaces de pegarse a lo que tu subconsciente te ofrece. Te frustras. Levantas la mirada y está la fachada blanca. Respiras.

Piensas en las cosas que podrían hacerte feliz y las pocas palabras que vienen a tu cabeza provienen de películas americanas y mitos griegos. Piensas en el amor en el que muchos adolescentes nihilistas vuelcan su existencia, piensas en la excelencia, piensas en la riqueza y te llevas las manos al cabeza, humillado por tu propio diálogo interno. Descubres una vez más tu trampa emocional sin un propósito claro, construyes expectativas que nunca alcanzarás y si las alcanzases no servirían de nada, pues son ridículas, ineficientes, solo tienen un valor poético para la gente como tú, gente que odias. Te sientes maldito, condenado, atrapado, te sientes de pie sobre la línea entre la rendición y la aceptación. Sabes que no encontrarás sentido ni dirección, y aún así, estúpido de ti, sigues masturbándote en el espejismo del fracaso, sigues siendo un romántico, eres consciente de que la realidad es un engrudo de ficciones y en lugar de jugar escoges las peores y te revuelcas sobre ellas en la pronunciada pendiente que alimenta tu inercia personal.

La verdad es, eres la persona más hipócrita y egocéntrica que conoces.


                Quizás algún día aprendas a mentir a alguien que no seas tú mismo, quizás algún día comprendas lo que significa ser egoísta, pero tú miras el reloj de plástico y calculas que te quedan dos minutos y diez segundos para volver a entrar.

martes, 16 de septiembre de 2014

lifesick

in the bedroom we flown
i gently shoot you on your side
i glance at ricochet’s light
i put a straw in your hole
and drink the flood of your life

 does it hurt you or not?
did some years of cries
turned the bodies cool dry?
how could we, if merged,
ever collide?

at first sight I tasted
a dim tingling flash,
a second sip though,
showed my atrocious self-crime:
i created an addiction
and now it’s not mine
i choked on its questions
we mistook everything  for a fragile bliss
and all was hopefully vane
but even considering this
some things still were true pain

and I am not well
in fact I’ll rather die
than seeing myself ringing the doorbells
of your oozing lifesick minds

and i am lifesick too

i am depressed
i boil from outside to nowhere
i crave for some obvious words
yet i recently prefer the welfare
 of the divine domain

as a collective we sunk
in the bedroom we flown
i swallowed enough
i digested myself

in the fiction i crafted
i digested myself

why am i surprised?
it’s still my bedroom

i’m  still the same


sábado, 9 de agosto de 2014

Cg

To my beloved grandma,
how we used to stay in the living room,
making puzzles and puzzles,
for three years I wondered where was that last jigsaw

I don't wonder anymore as you may have already
ate it and i know
(as the man in the green mask told me)
you would made it a rhombus, placed
on your head and
that rhombus in your head
drags you in-i
n side an upside-down home,
a home built with non-emotional cries.

It fits nowhere there,
it wants to not to be,
so turn it back before it merges in the deep black
and get away from me, please.

martes, 29 de julio de 2014

El desastre



—¿Y qué vas a hacer ahora?
—No sé — dijo él.

Él apoyó la cabeza sobre su mano. Sus ojos miraban la luz de la vela verde colocada en el centro de la mesa. Su mente, por el contrario, viajaba  mucho más allá.

Ella le observaba, y, sintiendo la atmósfera de desánimo que despedía, se mantuvo expectante de alguna sutileza indirectamente hiriente.

Pero él solo miraba la vela.

—¿En qué piensas?
—No lo sé.

Ella entornó los ojos y agachó la cabeza sin dejar de mirarle. Él solo prestaba atención a la vela.

—¿No lo sabes?
—En muchas cosas.

Ella repasó en su cabeza alguna historia que pudiese derretir el cerebro congelado de su novio. Ella dijo:

—Hoy han hablado del accidente de avión.
—Ah. Entonces saben ya qué lo causó.
—Sí, no le hicieron una inspección que tocaba hacerle. Van a poner una denuncia tremenda a la compañía.

Él hizo un ruido nasal de aprobación.

Ella pensó. Había unas ocho mesas, de diferentes tamaños, dispuestas caóticamente. Al restaurante habían venido una familia adinerada con niños que corrían de un lado para otro y mucho alcohol y otras parejas que permanecían en silencio la mayoría del tiempo. Afuera era de noche. Y más afuera había un bosque de coníferas.

Entonces ella lamió su pulgar e índice y apagó la vela. Acto seguido, dijo:

—Eres un adulto, ya lo sabes. Lo sabes, pero todavía te resistes. ¿Crees que no soy consciente de ello? Estás seguro, convencido, de que cuando intento animarte, hablarte, es por mí, mi beneficio, por querer hacerte ver que tu vida no es tan mala y así me ayudes. Pero yo he sido como tú, y en mi turno, he callado. Y tú no me das el respiro, no dejas de recordarme que ya no puedo ser la presidenta que quería ser cuando era niña. No te conformas con lo que tienes, es respetable, pero no paras de restregármelo por la cara. No quieres luchar, y yo sí, yo quiero luchar, yo quiero olvidar, olvidar mucho, olvidarme de que soy pequeña y que tengo poco que hacer. Quiero chistes absurdos, que me cuentes estupideces, quiero… Quiero comer hasta hartarme, quejarme de lo gorda que me estoy poniendo y que tú me digas que no, que estoy bien. Que viajemos a ver catedrales por Europa, y sintamos que nos envuelve una magia misteriosa. Te quiero tontamente y quiero que me quieras… tontamente y que aceptes que no hay otra forma de vivir que no sea esta.

Él miraba las trazas de humo negro, tinta en el aire, dibujos y remolinos. Esperó unos segundos y dijo:

—Dame tiempo.

Ella asintió con la cabeza. Sintió la necesidad de ver su aspecto y se levantó de la silla. Atravesó el comedor hasta las puertas del cuarto de baño. Entró en el de señoras y se encerró en él. Buscó el espejo, y, cuando lo encontró, se observó desde diferentes ángulos. Luego se dio la vuelta para encontrarse con un mensaje escrito en rotulador sobre la madera:

Todos saben que ellos las prefieren lo más putas posible
Todos saben que ellas los prefieren lo más cabrones posible


Pasaron horas hasta que la encontraron de pie, inmóvil, mirando hacia donde estaba el mensaje. Su mente, por el contrario, viajaba mucho más allá.

Era mentira. No deseaba ser presidenta. Por desear, no deseaba nada en concreto.

miércoles, 23 de abril de 2014

Srta. Deglane

   Señorita Deglane. Por fin, por fin lo encontramos. ¿No es maravilloso?
   Aquí está, Bobby. Mira, Bobby — Deglane abrió los ojos como si viera a Dios alternando la dirección de su mirada entre la sonrisa de Bobby y el último fragmento—.Todo acabará, todo este sufrimiento acabará. Ganaremos la guerra.
   Y podremos volver a estar todos juntos.
   Todos juntos, Bobby. Todos juntísimos. Porque ganaremos la guerra.

La señorita Deglane taconeó sobre el suelo pronunciando las palabras mágicas. Eran cuatro, eran incomprensibles, pero no pudo evitar cantarlas. Bobby y ella bailaron un breve charleston, hicieron que el gracioso golden retriever brincara junto a ellos y éste le guiñó un ojo a la señorita Deglane.

Entonces el animal serpenteó entre las piernas de Bobby, que torpemente se inclinó hacia delante haciendo que sus labios impactaran con los de Deglane. Ambos se separaron como por efecto de un resorte y se cubrieron la boca con las manos sin poder esconder unos pómulos redondeados y relucientes que sobresalían del contorno de sus rostros.

La Señorita Deglane, en éxtasis de gozo y con los nervios a flor de piel, continuó con su plan previsto:

   ¡Niños, vengan! Necesito su poder. Vamos, Charlotte, vamos, Jeremy, ¿dónde está Charles?

De las escaleras surgieron unos cuatro piececitos tímidamente. Ambos asomaron su cabeza.

   Está en el cuarto —dijo Jeremy con la boca llena de chocolate.
   Oh, este crío…— Deglane apoyó las manos sobre la cintura y caminó a paso firme y furioso sobre el salón. Subió por las escaleras en un gracioso baile de faldas que cesó al sentarse sobre el colchón de la cama de matrimonio —Charlie, ¿qué te ocurre?
   Está usted loca.

Está usted loca, está usted loca,  usted, señora, está… loca…
Tres palabras. Una es estar, que no es un verbo en sí, porque, ¿qué acción implica estar? Usted es una palabra de respeto, pero con todo respeto existe cierta distancia y esa misma medida era con la que Charles quería mantener alejada a Deglane. ¿Y qué sentido tiene esa distancia? Pues es evidente. Porque esa última palabra...  



 Hubo entonces algo extraordinario en la expresión de la Señorita Deglane. Cualquier persona hubiera podido jurar, que durante un mínimo instante, durante una despreciable fracción de segundo su expresión femenina se agrietó en un minúsculo hueco, dejando entrever un mundo nada acorde con el espíritu de religiosidad divertida que propulsaba a chorros a las caras de la gente.

 Y tan pronto como apareció la avería, se reparó.

—  Charles, no digas eso.

            Bobby y los niños llegaron al cuarto, escuchando la conversación como espectros enmarcados en el umbral de la puerta:

—  Nadie puede ganar la guerra. Está usted loca de remate. La odio.

Deglane aspiró torpe y profundamente, intentando controlar su pulso acelerado.

—  Charlie, entiendo que pueda ser difícil para ti comprender. Pero si no crees en mí, poco podré hacer nada  por nosotros. Me entiendes, ¿no es así?

Charles se tumbó sobre la cama ocultando sus lágrimas entre los pliegues de sábanas blancas. La señorita Deglane dio un suspiro y escondió el cuello pidiendo auxilio con la mirada.

Bobby, asintiendo, se acercó rodeando el perímetro de un círculo invisible trazado alrededor de la cama. Luego abrió la ventana y se aisló del mundo unos segundos. Por último, se acercó al colchón y, sentado en cuclillas, puso la mano en el hombro de Charles.

   Charlie, cuando yo tenía tu edad, también pasé por una etapa de incredulidad. Quería estar constantemente solo, los problemas se amontonaban y yo no podía hacer nada por arreglarlos.

Charles no se movió un milímetro.

   Hasta hace poco —continuó— había sido así siempre.  Siempre huyendo, siempre rindiéndome. Y entonces llegó la señorita Deglane.

Le cogió la mano. Deglane no parecía especialmente conmovida, quizás porque no le sorprendieron en absoluto esas palabras.

   La señorita Deglane ha abierto un mundo de maravillosas posibilidades para nosotros. Ella es un rayo de esperanza en un cosmos roto. ¿Y sabes lo más maravilloso? Que gracias a ella hemos podido darnos cuenta de nuestro potencial. De que juntos, nuestra magia es infinita. Porque somos una familia. ¿O no crees eso, Charlie?
   Sí… —llegó un murmullo ahogado.
   Pero si no estamos todos,  esto pierde sentido. Si no nos comportamos como una familia, nos quebramos como una ramita seca al viento. Eres importante, Charlie, tanto como cada uno de nosotros y ahora te necesitamos.
   No pararemos nada, Bobby. Van a matarnos, y luego nos-
   ¡Ten fe!
   ¡Ten fe Charlie! —Jeremy salió corriendo a darle un abrazo a su hermano. Charlotte se unió poco después a regañadientes. Por último Bobby y Deglane, que empezaba a llorar, pero no entendía por qué.


Caminaron juntos hacia el salón con el ánimo renovado. Deglane dibujó un pentágono y colocó el último fragmento junto a los demás, que iluminaron sus contornos en un naranja brillante.

   ¡De acuerdo, muy bien! ¡Vamos a hacer funcionar esto!

Deglane, Bobby y los niños dieron vueltas alrededor del pentágono sumidos en una canción llena de dulces y pasteles, de juguetes y tardes de verano. Tan distraídos se encontraban, que no se percataron de que los soldados ya estaban entrando en casa, y, una vez los vieron, no dudaron en dedicarles un disparo a cada uno.


jueves, 3 de abril de 2014

Literatura



Este pequeño fragmento lo inicia esta imagen: 





Pensar es tan práctico como nocivo. La herramienta del pensamiento racional es la razón, la herramienta de la razón son las palabras que encajan secuencialmente con la realidad sensible.

Allá donde existe la palabra existe la realidad. Allá donde no existe la palabra, no hay nada. Como nuestra fonética es en principio finita, delimitamos la realidad por contornos, extremos y segmentos diferenciales. En definitiva, por variables discretas. Evidentemente, lo hacemos porque es útil para vivir más, porque ayuda a comer, a tener sexo, a huir, pelear y ser ociosos con moderación. La palabra se construye por necesidad evolutiva. 

Muchos opinan que el lenguaje surge como necesidad de comunicación. No creo que ese sea su origen. Al menos, no del todo. La palabra, principalmente, empaqueta y deposita en la memoria conceptos sensibles de forma ligera y de fácil acceso. Nunca recordamos las cosas tal y como son, dejamos que se disfracen en frases, donde disuelven el contenido poco útil y se hacen propietarias de aquello que nos evocan.

Muchas veces he cometido la estupidez de decir que he tenido un mal día. Mi estado de ánimo tiene ruido, y es imposible encontrarme triste todo el tiempo. La pareja de palabras "mal día" actuó de filtro, bloqueando todo lo bueno que podría haberme pasado. Ese día ha sido esterilizado y de él queda exclusivamente y escrito en mis registros, que "el 1 de abril fue un mal día".

Describir es clasificar. Comunicar es intercambiar una descripción. Estamos tan inmersos en este sistema tan "sencillo" que la propia palabra se adueña de la realidad (¿pero qué realidad?), y de forma automática esbozamos y encasillamos lo que nos rodea.

Por eso cuando vi esta imagen surgió en mí una irritación adolescente. Como científico a medias que soy, entiendo el mundo en su infinita continuidad, entiendo que no hay distinción real entre conejo, sol, bosque y yo. Que mi hombrecillo, ese diablo que compone mi monólogo interno quiere adueñarse de mí y separarme del caos. Y lo hace porque quiere que viva.

Él construye en la ficción de mis sentidos, la ficción de mi vida.

Cállate, por Dios.