miércoles, 23 de abril de 2014

Srta. Deglane

   Señorita Deglane. Por fin, por fin lo encontramos. ¿No es maravilloso?
   Aquí está, Bobby. Mira, Bobby — Deglane abrió los ojos como si viera a Dios alternando la dirección de su mirada entre la sonrisa de Bobby y el último fragmento—.Todo acabará, todo este sufrimiento acabará. Ganaremos la guerra.
   Y podremos volver a estar todos juntos.
   Todos juntos, Bobby. Todos juntísimos. Porque ganaremos la guerra.

La señorita Deglane taconeó sobre el suelo pronunciando las palabras mágicas. Eran cuatro, eran incomprensibles, pero no pudo evitar cantarlas. Bobby y ella bailaron un breve charleston, hicieron que el gracioso golden retriever brincara junto a ellos y éste le guiñó un ojo a la señorita Deglane.

Entonces el animal serpenteó entre las piernas de Bobby, que torpemente se inclinó hacia delante haciendo que sus labios impactaran con los de Deglane. Ambos se separaron como por efecto de un resorte y se cubrieron la boca con las manos sin poder esconder unos pómulos redondeados y relucientes que sobresalían del contorno de sus rostros.

La Señorita Deglane, en éxtasis de gozo y con los nervios a flor de piel, continuó con su plan previsto:

   ¡Niños, vengan! Necesito su poder. Vamos, Charlotte, vamos, Jeremy, ¿dónde está Charles?

De las escaleras surgieron unos cuatro piececitos tímidamente. Ambos asomaron su cabeza.

   Está en el cuarto —dijo Jeremy con la boca llena de chocolate.
   Oh, este crío…— Deglane apoyó las manos sobre la cintura y caminó a paso firme y furioso sobre el salón. Subió por las escaleras en un gracioso baile de faldas que cesó al sentarse sobre el colchón de la cama de matrimonio —Charlie, ¿qué te ocurre?
   Está usted loca.

Está usted loca, está usted loca,  usted, señora, está… loca…
Tres palabras. Una es estar, que no es un verbo en sí, porque, ¿qué acción implica estar? Usted es una palabra de respeto, pero con todo respeto existe cierta distancia y esa misma medida era con la que Charles quería mantener alejada a Deglane. ¿Y qué sentido tiene esa distancia? Pues es evidente. Porque esa última palabra...  



 Hubo entonces algo extraordinario en la expresión de la Señorita Deglane. Cualquier persona hubiera podido jurar, que durante un mínimo instante, durante una despreciable fracción de segundo su expresión femenina se agrietó en un minúsculo hueco, dejando entrever un mundo nada acorde con el espíritu de religiosidad divertida que propulsaba a chorros a las caras de la gente.

 Y tan pronto como apareció la avería, se reparó.

—  Charles, no digas eso.

            Bobby y los niños llegaron al cuarto, escuchando la conversación como espectros enmarcados en el umbral de la puerta:

—  Nadie puede ganar la guerra. Está usted loca de remate. La odio.

Deglane aspiró torpe y profundamente, intentando controlar su pulso acelerado.

—  Charlie, entiendo que pueda ser difícil para ti comprender. Pero si no crees en mí, poco podré hacer nada  por nosotros. Me entiendes, ¿no es así?

Charles se tumbó sobre la cama ocultando sus lágrimas entre los pliegues de sábanas blancas. La señorita Deglane dio un suspiro y escondió el cuello pidiendo auxilio con la mirada.

Bobby, asintiendo, se acercó rodeando el perímetro de un círculo invisible trazado alrededor de la cama. Luego abrió la ventana y se aisló del mundo unos segundos. Por último, se acercó al colchón y, sentado en cuclillas, puso la mano en el hombro de Charles.

   Charlie, cuando yo tenía tu edad, también pasé por una etapa de incredulidad. Quería estar constantemente solo, los problemas se amontonaban y yo no podía hacer nada por arreglarlos.

Charles no se movió un milímetro.

   Hasta hace poco —continuó— había sido así siempre.  Siempre huyendo, siempre rindiéndome. Y entonces llegó la señorita Deglane.

Le cogió la mano. Deglane no parecía especialmente conmovida, quizás porque no le sorprendieron en absoluto esas palabras.

   La señorita Deglane ha abierto un mundo de maravillosas posibilidades para nosotros. Ella es un rayo de esperanza en un cosmos roto. ¿Y sabes lo más maravilloso? Que gracias a ella hemos podido darnos cuenta de nuestro potencial. De que juntos, nuestra magia es infinita. Porque somos una familia. ¿O no crees eso, Charlie?
   Sí… —llegó un murmullo ahogado.
   Pero si no estamos todos,  esto pierde sentido. Si no nos comportamos como una familia, nos quebramos como una ramita seca al viento. Eres importante, Charlie, tanto como cada uno de nosotros y ahora te necesitamos.
   No pararemos nada, Bobby. Van a matarnos, y luego nos-
   ¡Ten fe!
   ¡Ten fe Charlie! —Jeremy salió corriendo a darle un abrazo a su hermano. Charlotte se unió poco después a regañadientes. Por último Bobby y Deglane, que empezaba a llorar, pero no entendía por qué.


Caminaron juntos hacia el salón con el ánimo renovado. Deglane dibujó un pentágono y colocó el último fragmento junto a los demás, que iluminaron sus contornos en un naranja brillante.

   ¡De acuerdo, muy bien! ¡Vamos a hacer funcionar esto!

Deglane, Bobby y los niños dieron vueltas alrededor del pentágono sumidos en una canción llena de dulces y pasteles, de juguetes y tardes de verano. Tan distraídos se encontraban, que no se percataron de que los soldados ya estaban entrando en casa, y, una vez los vieron, no dudaron en dedicarles un disparo a cada uno.


jueves, 3 de abril de 2014

Literatura



Este pequeño fragmento lo inicia esta imagen: 





Pensar es tan práctico como nocivo. La herramienta del pensamiento racional es la razón, la herramienta de la razón son las palabras que encajan secuencialmente con la realidad sensible.

Allá donde existe la palabra existe la realidad. Allá donde no existe la palabra, no hay nada. Como nuestra fonética es en principio finita, delimitamos la realidad por contornos, extremos y segmentos diferenciales. En definitiva, por variables discretas. Evidentemente, lo hacemos porque es útil para vivir más, porque ayuda a comer, a tener sexo, a huir, pelear y ser ociosos con moderación. La palabra se construye por necesidad evolutiva. 

Muchos opinan que el lenguaje surge como necesidad de comunicación. No creo que ese sea su origen. Al menos, no del todo. La palabra, principalmente, empaqueta y deposita en la memoria conceptos sensibles de forma ligera y de fácil acceso. Nunca recordamos las cosas tal y como son, dejamos que se disfracen en frases, donde disuelven el contenido poco útil y se hacen propietarias de aquello que nos evocan.

Muchas veces he cometido la estupidez de decir que he tenido un mal día. Mi estado de ánimo tiene ruido, y es imposible encontrarme triste todo el tiempo. La pareja de palabras "mal día" actuó de filtro, bloqueando todo lo bueno que podría haberme pasado. Ese día ha sido esterilizado y de él queda exclusivamente y escrito en mis registros, que "el 1 de abril fue un mal día".

Describir es clasificar. Comunicar es intercambiar una descripción. Estamos tan inmersos en este sistema tan "sencillo" que la propia palabra se adueña de la realidad (¿pero qué realidad?), y de forma automática esbozamos y encasillamos lo que nos rodea.

Por eso cuando vi esta imagen surgió en mí una irritación adolescente. Como científico a medias que soy, entiendo el mundo en su infinita continuidad, entiendo que no hay distinción real entre conejo, sol, bosque y yo. Que mi hombrecillo, ese diablo que compone mi monólogo interno quiere adueñarse de mí y separarme del caos. Y lo hace porque quiere que viva.

Él construye en la ficción de mis sentidos, la ficción de mi vida.

Cállate, por Dios.