jueves, 28 de marzo de 2013

La bola



Llevábamos los dos un buen rato con las manos en los bolsillos, hablándonos por turnos mientras las hojas de los álamos distraían la vista.


— Deberías demostrarme más a menudo que me quieres.

— Qué pesado. Para qué.


Golpeo con los nudillos el núcleo de la bola, que sigue fallando, mostrando su pequeña pantalla descolorida:


— ¿Para qué? Será posible… vaya con la mierda esta. Qué mal va.

— ¿Cuándo vas a llevar a arreglarla?

— Ay, Dios, qué más dará. Algún día.


Y volvemos a callarnos. Por algún vaivén hormonal estamos muy irritables. Seni dio una palmada y dijo:

— Hala, me voy. 

— ¿A casa?

— Sí señor. Aquí no hacemos nada.

— ¿Te acompaño?

— ¡NO!


Seni activa nada más gritarme la bola y se queda aislado. Le pego una patada para que salga rodando por la calle, pero apenas la muevo de su sitio.

— No le pegues patadas, joder. No pagues con los demás tu ira.

— Que te jodan, Seni.

— ¡Nos vemos!


Empecé a imaginar cosas raras, como que se me derretían los pies y se fundían con las losas de la plaza. El calor se transmite por el cuerpo y los huesos se hacen mantequilla. Mi tronco plastificado cae al suelo como un globo deshinchado. Y reptando sobre la superficie alzo una extremidad elástica sobre el asiento de la parada de autobús más próxima y tiro de mí, llegando de un salto.


Encuentro allí, observándome, una mujer joven que no para de escanearme con la mirada. No puedo describirla bien porque me llama mucho la atención la expresión de congoja que lleva consigo. Con esos labiecitos abiertos que parecen estirarse y enredarse alrededor de mi cuello. Y esos ojillos redondos y distraídos que me suplican con el brillo del agua salada. Tengo ganas de exprimirlos. 


Decido mirar a otro lado, porque si quiere algo, pues que ella me diga “quiero algo”. Y como si me leyera el pensamiento, me dice en un hilillo de voz:


— Perdone…

— ¿Sí?

— Es que… usted… es bastante guapo, ¿sabe?


Entorno los ojos. Ya sé que soy guapo, ya me han contado: sonrisa de perlas, ojos de caramelo, risueños y tal. Me lo suelen decir, y ya sé con qué intención. Ella se encuentra terriblemente nerviosa, sujeta un bolso con las manos temblorosas y acaricia el núcleo de su bola para controlarse. Me callo esperando lo inevitable:



— Perdone… pero… ¿podría acostarme con usted? De verdad, es que me resulta usted muy atractivo.


Odio ser grosero, pero cuando estoy irritable hacer el amor con desconocidos no es algo que me anime. Es como si abombara mi mente de repente, no quiero. No quiero. No quiero hacerlo contigo, víbora.


— Si no quiere lo entiendo, de verdad. No me importa. Es sólo que usted es muy guapo.

— No me apetece demasiado.

— De acuerdo. No pasa nada.


¡¿Por qué lloras, mujer?! Odio, odio estas situaciones. Las odio.


— Bueno, no se ponga así. ¿Dónde quiere hacerlo usted?


Los astros focalizan la iluminación divina de su rostro.


— Oh, me da igual. Aquí mismo podría ser.

— Mejor detrás de la parada si le parece.

— Claro, claro. No pasa nada.



Caminamos con los brazos asidos unos pasos fuera de la parada. Esa sensación de fragilidad, esos dedillos de cristal aferrándose como tímida ave de rapiña sobre mi carne me hunden en una especie de pastosa piscina de tristeza. Siento que me han pegado una buena hostia contra la cabeza. Exagerando, podría decir que siento que estoy a punto de desmayarme.


Ella me pregunta:


— ¿Usamos la suya o la mía?

— Prefiero la mía.


Porque no sé a qué huele su bola. No quiero saberlo, tampoco. Pulso los botones del núcleo y quedamos los dos encerrados en la intimidad color negro que huele un poco a sudor. Activo una pequeña luz para saber dónde empiezan nuestros cuerpos. Decido que el espacio es muy pequeño e inflo el volumen.


Ella comienza a quitarse la ropa lentamente. Yo la observo algo nervioso. Y ella, completamente desnuda, me lanza sus garras. Me viola su espectro y me dejo violar por él. Y mientras, oigo el rugido furioso del autobús llegar, esperar, arrancar e irse. Qué desesperación.


A pesar de mis pocas expectativas, la mujer era bastante salvaje y logró encenderme en un par de ocasiones en las que le besé el cuello. Se le había quedado en el rostro colgada una sonrisa. Pues claro que sonríes, víbora, ya me has chupado el alma.


Sentada en la superficie curvada de la bola me dedica unas palabras:


— Ha estado bien. Muchas gracias. ¿Puedo apuntar su identidad en el núcleo?

— No sé.

— Aquí tiene la mía de todas formas.


Presiona unas teclas y me envía una ficha con su identidad. Lejos de su atención edito el nombre de Haley por Víbora, pero ya lo tenía puesto para otra persona. Así que lo dejo tal y como está. Nos vestimos y arreglamos con prisa por alejarnos el uno del otro.


— ¿Está lista?

— Sí, salimos ya, ¿no?

— Sí.


Le doy toquecitos a la palanquita de repliegue. No funciona bien, como es de esperar.


— ¿Pasa algo?

— Sí, es que a veces se queda atascado.

— Vaya. Bueno, no tengo mucha prisa.


O sea que tú no tienes prisa. No le respondo, sólo doy toques todavía más fuertes y ansiosos porque quiero salir de este mundo compartido.


— Tenemos que llamar a un técnico me parece.

— Oh… ¿lo llama usted?

— No puedo, la bola está completamente bloqueada. Es que no puedo ni usar el comunicador.

— Pues lo llamo yo. El cero-dos-cero.

— Sí, ése.


Cierro los ojos y dejo que el tiempo pase, que ella hable de direcciones con gente rara.


— No, no hace falta que se den prisa. Vale, muchas gracias.


Hija de puta.


— Dicen que ya vienen de camino.

— Vale, muchas gracias.


Debo evitar que el pánico me invada, pero siento el deseo de moverme y saltar, ponerme de pie y estirar los brazos, empujar la pared. La bola tiene que estallar, quiero el aire frío de la calle. Acabaré por matar a esta mujer si no salgo pronto.


— Bueno, yo, de verdad…siento la situación en la que le he metido.

— No pasa nada.

— ¿Tenía prisa?


No tenía, pero sí tenía ganas de incordiarla:


— Pues sí. Un poco.

— Vaya, no sé qué decir.


Sigue hablando mientras se arregla el pelo con las manos:


— ¿Cómo se llama usted?

— Imre.

— Uy, me suena mucho ese nombre.


Y ahora sigo con la pregunta de cortesía:


— ¿De qué le suena?


Era evidente que no iba a acordarse. Tampoco me interesaba mucho.


— Pues no me acuerdo, la verdad.


Hay una incomodísima pausa, donde lo único bueno es que ella no habla. Por desgracia, el momento no duró mucho.


— Oiga Imre, si quiere mientras que vienen podríamos…

— Estoy algo cansado.

— No, no, no. Decía hablar usted y yo. Hace mucho que no hablo con nadie después de hacer el amor. Todo el mundo tiene siempre ganas de irse, tienen prisa. Es como si les diera vergüenza, como en los viejos tiempos.


No le doy respuesta. No sé tampoco qué pretende.


— La verdad, me siento algo sola.


Sigo sin darle respuesta. Quiero que se dé cuenta de que no me importa.


— Imre, ¿por qué me dijo usted que sí? ¿Por qué lo hizo?

— Pues porque me lo pidió.

— Imre, yo, desde el momento en el que le he visto llegar a la parada me ha parecido la cosa más hermosa que yo haya visto jamás. Y ahora va a desaparecer usted de mi vida, con este escaso momento de placer. Yo quiero tenerle, Imre. Le he visto y le quiero. Suena estúpido y lo siento, pero le quiero.


Me llevo las manos a la cabeza. Está loca. Está rematadamente loca. Y a la vez me conmueve esta patética escena.


— Cállese de una puta vez.


La esfera negra sufre una ola de colores iridiscentes y se repliega sobre el núcleo. Quedamos los dos en una postura fetal sobre el inmenso espacio que es ahora la calle. Algunos transeúntes pasan bastante próximos a nosotros. He vuelto a la vida.


— Señores, ¿se encuentran ustedes bien?


Detrás de mí permanece de pie un hombre con un mono verde y bigote espeso. Me levanto para estrecharle la mano.


— Muchas gracias por venir.

— Para eso estamos.


El hombre me mira a mí y a la víbora intentando adivinar por qué coño estamos los dos llorando.


— Menudo susto han debido llevarse.


Ni de lejos, hombre del mono.


— ¿De quién es la bola?

— Mía. Es mía.

— A ver, déjeme ver el núcleo.


El hombre del mono verde gira mi núcleo con las manos, presiona botoncitos, juega con él, o al menos eso me parece. Surfea entre menús del sistema que jamás había visto. Echa un vistazo tras de mí, supongo que para ver qué hace Haley. Entonces desatornilla la carcasa y lo acerca a su cara. Vuelve a hablarme:


— No, esto no es cosa del software. Es la palanca de repliegue, que no hace contacto. Mire, si se ha desoldado la circuitería del retraedor. 

— ¿Qué puedo hacer?

— Se va a tener usted que comprar una nueva bola.

— ¿No se puede arreglar?

— No le va a salir barato. Y se arriesga usted a que le vuelva a fallar. Como vuelva a desplegar la bola, dentro se queda, ¿me entiende?

— De acuerdo. Gracias.

— Vamos, que yo que usted lo tiraría. Pero guarde todo lo que tenga dentro. Las fotos y esas cosas. Y bueno, ya apuntaré el parte de incidencias. Tengo su número registrado. Adiós.

— Hasta luego.


Me doy la vuelta y no veo a nadie. No sé cómo sentirme.


Me divido en una persona que coge el próximo autobús y otra que está perdida en la imaginación, encerrada en su propia bola. Sentado en la parte posterior del vehículo vuelvo poco a poco a unirme conmigo mismo. Quería en un principio marcharme a casa, pero la idea no me satisface en absoluto. 


Resuenan entonces en mí las palabras de Haley. Todo el mundo tiene prisa. Pero no tengo ganas en profundizar sobre la actitud social. Sí que me urge una necesidad imperiosa por enviar un mensaje por el comunicador a Haley:


Usted no me quiere. Mañana pensará otra cosa. Cálmese.


De pronto, surge en mí una tremenda revelación. No me había preguntado hasta entonces qué era lo que me resultaba tan molesto de la arpía. Y no era sólo su pegajosidad, su viscoso interés por mí, sino que me había visto muy identificado con ella. Encerrado en la misma situación con Seni, nuestra relación no había llegado a más profundidad que la de la mera cortesía y el sexo barato. Y no podía acercarme más a él que a esa distancia.


Decidí por algún motivo dirigirme a su casa. Salí del autobús y cogí otro. Apenas pensé en el camino que estaba haciendo, sólo quería llegar a esa puerta, llamarle y verle. Y luego ya decidiría.


Presiono el botón de entrada. Sale del altavoz la voz electrónica de su madre:


— ¿Quién es?

— Imre.

— ¿Buscas a Seni?

— Sí, sí.

— ¿Qué?

— Que sí.

— Perdona hijo, es que no te oigo con el alboroto que hay en casa. Estamos de reunión familiar.

— Ah, bueno. Entonces… mejor me voy.

— No hombre. Quédate un rato, hijo. Si yo creo que Seni se aburre como una ostra.


Antes de darme tiempo a dirigirle más frases vacías se produce un ruido desagradable. Abro el portón, subo al segundo piso y encuentro la puerta de la casa de Seni abierta, con el creciente murmullo sobrio de los adultos, como si fuera un intento por recrear la verdadera diversión.


Entro tímidamente. La madre de Seni me da dos besos. Y los noto tan frívolos que ni siquiera la miro a los ojos. Me da paso al salón y me encuentro en un mar de desconocidos. Cada uno de ellos podría haber sido Haley, y la idea me asustó tanto que empecé a angustiarme.


Una mano me agarra el hombro y pego un brinco. Al darme la vuelta, Seni me da una copa de champán:


— Eh, ¿qué haces aquí?

— Hola.

— Hola, ¿qué haces aquí?

— No tenía ganas de volver a casa.

— Pues menudo momento para visitarme.

— Perdón.

— Es que además esto es un muermo. Aquí cada cabeza nos saca unas décadas. Salvo mi prima.

— Ah.

— ¿Quieres que la llame?

— No.

— ¿Seguro?

— A lo mejor tendría que irme.

— Venga hombre, no seas marginado. Además está buena y si os aburrís, ya sabes.


Seni desaparece unos segundos entre la gente y vuelve asiendo el brazo de una mujer que me mira con ojos de puro espanto. Le devuelvo la expresión. Seni confunde nuestros rostros con la sorpresa.


No puede ser. No puedo creerlo.


— Anda, ¿pero os conocéis?


Haley dice con total naturalidad:


— Sí, conozco a Imre. Nos hemos acostado esta tarde cerca de la parada del autobús.

— ¿Y qué tal?


Seni me mira y digo:


— Estuvo bien.


Haley me mira y dice:


— Sí. No estuvo mal, primo, pero nos quedamos atascados en la bola. Tuvo que venir un técnico a desactivarla.

— Es que este gilipollas lleva la bola rota desde que el mundo es mundo.


Digo:


— Sí.


Seni nos mira a los dos:


— Bueno, yo me voy a saludar a la familia. Os dejo hablando.


Déjame solo, eso es. Ignora mi mirada de súplica. Déjame en este escenario de extraños con este monstruo. En la bola estaba en más derecho de ser desagradable con Haley, pero ahora tendría que fingir afabilidad, simpatía. Los instintos asesinos iban floreciendo por mis mejillas. ¡Déjame, Seni!


— Leí su mensaje, Imre.

— Ah.

— Puede que tenga usted razón.

— Sí.

— Ahora pienso en la escena y es bastante ridícula. Me debió dar algo raro. Perdón.


No, Haley, no te dio nada raro. Y tampoco te vas a olvidar fácilmente.


— Sí.

— Diga algo significativo, Imre.

— No.

— ¿Por qué es tan seco conmigo?

— No estoy muy seguro.


Haley mira a su copa de champán como miró el núcleo de su bola cuando me pidió acostarme con ella:


— Dígame que me vaya o que me odia.

— Váyase. La odio.


Pero no se va. Parece que la he matado con esas dos frases. Ni siquiera veo en ella un anticipo de lágrimas. Sólo observa su copa de champán, congelada, petrificada. Me siento un auténtico asesino.

Hacia mi derecha, Seni y sus padres hablan con un hombre gordo con papada y gafas de sabiondo. Agarro a Haley por un hombro, le doy mi copa con la otra mano y le digo:


— Observa, Haley.


Entonces camino a paso firme hasta la escena familiar, agarro la barbilla de Seni y le doy un beso. Su familia se aparta confundida. Los labios aprisionados de Seni logran musitar:


— ¿Qué haces, Imre?


Le beso todavía más intensamente. Le agarro las muñecas. Él, avergonzado y molesto, intenta zafarse. Lo empujo contra la pared y le agarro la cintura, haciendo caer una bandeja con bebidas. 


— ¡Déjame, coño! ¡Ahora no! ¡Quita, joder!


Miro tras de mí y me encuentro el rostro de Haley observándome al fondo del salón, aún sosteniendo mi copa. Sonrío. Entonces activo la bola.