miércoles, 18 de abril de 2012

Treinta segundos


- ¿Y qué tal?
- Bien –dije, sin ánimo, casi sin prestar atención.
                Ella ya había predicho esta respuesta. “Bien” era una palabra tajante que no daba pie a saber nada del interlocutor. Si hubiera dicho “mal”, hubiera surgido un “¿por qué?” automático, e igualmente yo hubiera evadido la cuestión con un “no sé, los problemas…”. Nos pasaríamos el turno hasta que nuestras frases prediseñadas se agotasen, y entonces reinaría el silencio. El aburrimiento germinaría y ella acabaría por irse con un “nos vemos”. Elegí decir “bien” para acelerar ése momento, para hacer la atmósfera incómoda y molesta y así me dejase en paz.
- Hum –traducí de un bufido que exhaló- nos vemos luego, ¿no?
- Sí, claro. Hasta luego.
- Hasta luego.
                Era esto una y otra vez. Una y otra vez las mismas cinco frases, que ponían en evidencia un mundo circular en el que yo no ponía ningún empeño ni ilusión por salir. Y tenía en mi mano siempre una oportunidad de hacer cambiar las cosas. Pero evidentemente, lo único que haría sería mover ese círculo, a otro en el que yo ni siquiera pertenecía.

                Ella debía sentir algo parecido. Este evento no era más que una intersección en nuestras circunferencias.
Su entrada era “Hola”
Su salida “Hasta luego”.

              Jamás sabrá que es el punto álgido de mi día. Pero no me malinterpreten, ella no era mi mujer ideal.
                Si este momento me gustaba tanto era porque todas las conversaciones que se cruzaban en mi día eran un continuo esfuerzo por aparentar ser una persona normal. Por fingir que me interesa la opinión del resto de la gente, que de verdad siento curiosidad por sus vidas. Layla y yo compartíamos ese desinterés general, y por ello nuestras conversaciones reafirmaban la situación hasta el punto de haber un extraño acuerdo entre nosotros.
                Layla ponía en evidencia que yo no estaba solo en este gris mundo.

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