martes, 29 de julio de 2014

El desastre



—¿Y qué vas a hacer ahora?
—No sé — dijo él.

Él apoyó la cabeza sobre su mano. Sus ojos miraban la luz de la vela verde colocada en el centro de la mesa. Su mente, por el contrario, viajaba  mucho más allá.

Ella le observaba, y, sintiendo la atmósfera de desánimo que despedía, se mantuvo expectante de alguna sutileza indirectamente hiriente.

Pero él solo miraba la vela.

—¿En qué piensas?
—No lo sé.

Ella entornó los ojos y agachó la cabeza sin dejar de mirarle. Él solo prestaba atención a la vela.

—¿No lo sabes?
—En muchas cosas.

Ella repasó en su cabeza alguna historia que pudiese derretir el cerebro congelado de su novio. Ella dijo:

—Hoy han hablado del accidente de avión.
—Ah. Entonces saben ya qué lo causó.
—Sí, no le hicieron una inspección que tocaba hacerle. Van a poner una denuncia tremenda a la compañía.

Él hizo un ruido nasal de aprobación.

Ella pensó. Había unas ocho mesas, de diferentes tamaños, dispuestas caóticamente. Al restaurante habían venido una familia adinerada con niños que corrían de un lado para otro y mucho alcohol y otras parejas que permanecían en silencio la mayoría del tiempo. Afuera era de noche. Y más afuera había un bosque de coníferas.

Entonces ella lamió su pulgar e índice y apagó la vela. Acto seguido, dijo:

—Eres un adulto, ya lo sabes. Lo sabes, pero todavía te resistes. ¿Crees que no soy consciente de ello? Estás seguro, convencido, de que cuando intento animarte, hablarte, es por mí, mi beneficio, por querer hacerte ver que tu vida no es tan mala y así me ayudes. Pero yo he sido como tú, y en mi turno, he callado. Y tú no me das el respiro, no dejas de recordarme que ya no puedo ser la presidenta que quería ser cuando era niña. No te conformas con lo que tienes, es respetable, pero no paras de restregármelo por la cara. No quieres luchar, y yo sí, yo quiero luchar, yo quiero olvidar, olvidar mucho, olvidarme de que soy pequeña y que tengo poco que hacer. Quiero chistes absurdos, que me cuentes estupideces, quiero… Quiero comer hasta hartarme, quejarme de lo gorda que me estoy poniendo y que tú me digas que no, que estoy bien. Que viajemos a ver catedrales por Europa, y sintamos que nos envuelve una magia misteriosa. Te quiero tontamente y quiero que me quieras… tontamente y que aceptes que no hay otra forma de vivir que no sea esta.

Él miraba las trazas de humo negro, tinta en el aire, dibujos y remolinos. Esperó unos segundos y dijo:

—Dame tiempo.

Ella asintió con la cabeza. Sintió la necesidad de ver su aspecto y se levantó de la silla. Atravesó el comedor hasta las puertas del cuarto de baño. Entró en el de señoras y se encerró en él. Buscó el espejo, y, cuando lo encontró, se observó desde diferentes ángulos. Luego se dio la vuelta para encontrarse con un mensaje escrito en rotulador sobre la madera:

Todos saben que ellos las prefieren lo más putas posible
Todos saben que ellas los prefieren lo más cabrones posible


Pasaron horas hasta que la encontraron de pie, inmóvil, mirando hacia donde estaba el mensaje. Su mente, por el contrario, viajaba mucho más allá.

Era mentira. No deseaba ser presidenta. Por desear, no deseaba nada en concreto.