Sentado sobre el cojín polvoriento del metro me hallo. Frente a mí, otros cuatro asientos coloreados en rojo pardo señalizan ser destinados para personas vulnerables. Sobre cada uno de ellos hay una pegatina azul pegada al cristal que dibuja un monigote en silla de ruedas. El asiento de la derecha no está coloreado en pardo a pesar de tener pegatina. La pegatina de la derecha está rota en dos y el pegamento sucio mancha el cristal. Los asientos son iluminados por un halógeno. El metacrilato del halógeno parece sellado en la estructura metálica de la lámpara, pero inexplicablemente han quedado atrapados en él una multitud de insectos muertos. El suelo es gris con motas negras ovaladas e irregulares que tienden a ser giradas hacia mi derecha. El brillo es mate debido a los numerosos rayones que presenta. En el extremo derecho del vagón, el suelo gris ha sido cortado y reemplazado por otro, este gris perlado. El patrón es ahora de rayas de tiza blanca en distintos grados de desvanecido, colocadas al azar y en horizontal. El corte entre ambos suelos es burdo, el suelo se levanta en flecos de plástico y hay suciedad pegajosa incrustada en la frontera. Una barra roja recorre el perfil del vagón para que los pasajeros puedan asirse. El rojo es brillante y luce nuevo. La barra es seccionada cada pocos metros y la oquedad de la tubería es tapada con un embellecedor de plástico gris y duro. Falta el embellecedor a mi derecha. Al fondo, hay una papelera metálica y cuadrada, incrustada en la pared. La papelera no tiene bolsa de plástico donde arrojar la basura, aún así está a rebosar y asoma un refresco por su hueco. Un mapa de las líneas de metro se ha pegado con acrílico en un resquicio anguloso del techo del vagón. El mapa contiene una parada llamada “Beteró”, que ya no existe. A mi lado izquierdo, una mujer juega con el móvil a un juego de puzzles donde tiene que alinear gemas de cuatro en cuatro. Le quedan tres movimientos, no es posible resolver el puzzle y ella desliza el pulgar entre dos joyas. Ambas se mueven y nada explota. Un joven se acerca a mí y me pregunta dónde encontrar el ayuntamiento. Le digo que debe apearse en Colón. Luis me corrige y dice que debe hacerlo en Xátiva. Le digo que al salir debe ir a la izquierda. Luis me corrige y dice que debe ir a la derecha. Le digo que tardará diez minutos en llegar. Luis me corrige y dice que serán cinco minutos. Las puertas se abren en Xátiva. Nos apeamos Luis y yo del vagón. Frente a mí veo un póster publicitario protegido por un cristal. El papel del póster está arrugado y un cuarto de él se ha ensombrecido en sus pliegos por la luz vertical. El cristal está atornillado por cuatro tuercas. En tres de ellas el cristal se ha resquebrajado. Falta el embellecedor de una tuerca.
Subimos las escaleras, salimos de la estación. Caminamos por la calle. Frente a mí veo el cartel-pizarra de un bar derribado en el suelo. Levanto el cartel para ponerlo de pie. Sale una mujer del bar. La mujer me corrige y me dice que están cerrando. Tumbo el cartel de nuevo.