Apoyó las manos mirando a direcciones opuestas sobre la encimera. Una leve brisa se paseaba por la cocina avivada por el calor de la cafetera, que en ocasiones chillaba y temblaba.
No sabía si era por ése sonido, por el asfixiante calor del verano o por simple vaivenes hormonales pero iba a ser uno de aquellos días. Uno de aquellos en los que independientemente de los acontecimientos que sucedieran acabarían filtrándose por el prisma de la distimia. Uno de esos días que se deshojan, que se arrugan y se tiran a la papelera de la memoria con una desagradable sensación.
Tomó el café con desgana en el salón. Le supo demasiado dulce y a ello no había ya remedio.
Tanteó con las manos el sofá buscando su portátil con una mano mientras que con la otra bebía con ansia. Colocó el ordenador sobre la mesa, y, tras encenderlo, buscó unas páginas que había escrito recientemente sobre Alexander Croux.
Alexander Croux era el protagonista de una novela que había empezado a escribir hacía un par de meses. La idea se le ocurrió de repente un día mientras estudiaba matemáticas y comenzaba a divagar sin remedio. Alexander Croux, el hombre que destruyó la humanidad, rezaba la primera página. El título se le antojaba sumamente atractivo.
Porque Alexander Croux no colocaría jamás una bomba nuclear, ni provocaría guerras entre potencias mundiales. Él acabaría con la humanidad elegantemente, con una suave frase y un leve gesto. La frase y el gesto precisos para hacerlo estallar todo. Para hacer desaparecer el universo. En definitiva, Croux era un hombre extraordinario, con motivaciones extraordinarias en un mundo extraordinariamente ordinario.
No se le ocurrió ninguna forma satisfactoria de continuar la historia, así que cerró el portátil y quedó pensativa. Era fin de semana, y no tenía ninguna obligación inmediata. Tampoco le apetecía leer, así que quedó quieta y cómoda. En su interior, una pequeña llama iba consumiéndole el estómago poco a poco.
De pronto, llamaron a la puerta. El ruido del timbre despertó en Alejandra una irritación feroz que le impidió levantarse hasta que sonó por segunda vez. Sólo entonces se acercó a la puerta de entrada y ojeó por la mirilla, donde en el exterior, una chica de su edad se arreglaba el pelo.
Abrió la puerta lenta y parcialmente, de forma que fuera imposible ver su rostro. Con voz de anciana, preguntó:
— ¿Qué desea, jovencita?
— ¿Se encuentra la señorita Alejandra en casa?
— ¿La señorita Alejandra? ¿Se refiere usted a esa hermosa joven, de cabellos de oro, de sonrisa de perlas, de talante de reina y ojos como diamantes?
— No, perdone. Me habré equivocado. Buscaba a una persona normal y corriente, pero sólo he encontrado a una anciana de sexualidad cuestionable.
Alejandra abrió la puerta completamente.
— ¡Qué crueldad, Oleaf! — se asombró Alejandra.
Oleaf entró en el piso conteniendo una sonrisa burlona. Pasaron a la cocina, donde Alejandra le ofreció un café. Se sentaron en una minúscula mesa y comenzaron a conversar:
— Es extraño que te hayas pasado por aquí— comentó Alejandra— Normalmente no hay forma de hablar contigo.
Oleaf asintió, aunque nunca había tenido la sensación de ser tan etérea para el resto de la gente. Trató de desviar la mirada hacia el café para facilitar dar una mala noticia:
— Lo cierto es que no he venido por casualidad. Vengo a despedirme durante un tiempo.
Alejandra dio un suspiro largo e inaudible. Sabía de qué se trataba.
Durante el primer año de universidad, Oleaf y Alejandra se conocieron e hicieron buenas migas. Eran asombrosamente parecidas en gustos y personalidad y por ello llegaron a sentirse como verdaderas hermanas de sangre. Poco más había de decirse de su relación, salvo que quizás nunca se habían sentido tan unidas a nadie.
La situación hubiera seguido sin cambios de no ser porque, a pesar de sus similitudes intelectuales, Oleaf era considerablemente más hermosa que Alejandra. Así, un día de invierno Oleaf confesó (y decimos confesó porque deseaba por todos los medios que su mejor amiga se encontrase en una situación parecida a la suya) a Alejandra que había estado saliendo con estudiante de Filología Germánica.
Como era natural, el amor distanció a las dos chicas. Oleaf quedó atrapada en un extraño cautiverio lleno de pasión mientras que Alejandra permanecía en soledad en un mundo de números, ecuaciones y problemas por resolver.
Hugonovsky, que así se hacía llamar el joven, desapareció en verano de forma misteriosa, como si se hubiera derretido, a lo que Oleaf mostró una enorme turbación y decidió ir tras él dejándolo todo. Por supuesto, Alejandra dejó de formar parte de su vida. Y Oleaf se derritió junto a él.
Pasaron dos años en los que Oleaf había recorrido medio mundo. Había conocido a gente de todos los ámbitos. Había reído y llorado hasta la saciedad. Se había encontrado en los mayores peligros y había salido airosa con las más geniales soluciones. Pero Hugonovsky seguía siendo sólo un recuerdo. El fracaso la arrastró progresivamente a la ciudad donde había nacido y donde una Alexandra sin rencor la recibió de brazos abiertos, llorando de auténtica alegría.
— He recibido una carta suya— explicó brevemente, llena de vergüenza—. Sigue recordándome.
Alejandra se alejó unos pasos y dio la espalda a su amiga. Sentía unas ganas terribles de matar a Hugonovsky. De despedazarlo en pequeños trozos, de comerse sus ojos y desollarlo con un cuchillo viejo, para luego enseñárselo a Oleaf. Para enseñarle que no era más que otro hombre.
— Entiendo que estés enfadada. Enfádate conmigo, por favor. Ódiame, pero no estés en silencio.
— No puedo odiarte, Oleaf. De verdad que quiero y no puedo. Tú eres… especial. Siempre has tenido una dirección fija en la que moverte. Yo estoy siempre confusa. Siempre desorientada. No sé qué hacer. Si te odiara, tendría alguna razón para ello. Pero no te odio. Te admiro muchísimo.
Oleaf sintió que el corazón se le aceleraba. Se encontraba profundamente conmovida por las palabras de su amiga, y por un momento, creyó sentir una pequeña parte de su miseria. Quiso permanecer en un silencio donde sobraban las palabras, pero Alejandra viró sobre sí misma violentamente y clavó su mirada en ella mientras gritaba:
̶— ¡Llévame contigo, por favor! ¡Por favor, te lo suplico! ¡Entiendo que pienses que será peligroso, pero no puedo soportar esto más! –Su voz se quebró como una hoja seca-. ¡Por Dios, Oleaf, por Dios te lo pido! ¡Sácame de aquí!
Oleaf estaba visiblemente nerviosa. La idea le desagradaba en exceso. En un acto reflejo buscó en su chaqueta un paquete de cigarrillos, pero hacía años que había dejado de fumar.
— Tranquilízate, por el amor de Dios. Es una idea terrible.
— ¿Por qué? –Se produjo un breve silencio que no podía soportar- ¡Contesta!
— Escúchame Alejandra, y escúchame atentamente. Porque sólo te lo diré una vez. Si quisiera para ti maldiciones y pestes, si quisiera que sufrieras de verdad (y no estas preocupaciones de chiquilla que me estás planteando) y si quisiera… si quisiera lo peor para ti, te llevaría de inmediato. El caso es, que somos amigas, ¿no es así? Y estoy aquí para apoyarte –de pronto, se dio cuenta de la tremenda inconsistencia de su discurso-. Apoyarte y aconsejarte en lo que es debido. Para mí no supone ningún esfuerzo que vengas conmigo. Pero yo ya estoy encarcelada en esta prisión, en este caos. Y no era como pensé que sería. Sólo una tonta diría que llevo una vida apasionante, divertida. ¡Sí! Eres tonta. Tonta de remate. Debes haber pensado, “qué aburrimiento, no quiero pasar el resto de mis días enclaustrada en una rutina”. De pronto, aparezco yo como caída del cielo y te recuerdo que hay un mundo exterior que tú enseguida has idealizado. Y sin embargo, no hay día –y aquí comenzó a sollozar-, no hay día que yo no quisiera levantarme y tomar un café, ¿sabes? Querría levantarme y sentirme segura, querría…
— ¡Cállate! –Exclamó golpeando la mesa- ¡No vas a ayudarme! No es necesario que dramatices tu situación, Oleaf. Sé perfectamente que quieres esta vida para ti sola, y que yo sería una responsabilidad y una carga en ella. Un obstáculo que no te dejaría disfrutar con pasión la aventura de tu vida. No hace falta que me mientas. Que mientas a una tonta.
Oleaf sintió que una certera saeta le atravesaba el cuerpo. Alejandra había dicho una gran verdad. Sintió como se ruborizaba ante aquel destape tan descarado de su egoísmo. Hubiera quedado estática, de no ser por un plato que se hizo trizas sobre la mesa, derribando las tazas de café.
Oleaf se levantó de súbito, algo espantada y miró a Alejandra con unos ojos llenos de terror. Alejandra llevaba otro plato en la mano dispuesto a ser lanzado.
— ¡No te burles de mí, Oleaf! ¡Largo de aquí! ¡Vamos! ¡Fuera! ¡Fuera!
Oleaf se protegió la cara con las manos y retrocedió asustada. El plato impactó sordamente en sus manos, que quedaron doloridas. Dio un alarido quizás algo exagerado.
— ¿¡Estás demente!? ¿¡Pero a ti qué te pasa!?
— ¿Primero tonta, y ahora demente? — Alejandra rió con sonoridad— Te arrojaré mi vajilla entera si hace falta para confirmártelo. Ahora largo. ¡Largo!
Oleaf salió del piso aterrorizada. Por un momento, creyó realmente que Alejandra sería capaz de matarla a golpes. Era una actitud tan dramática y una escena tan propia de la imaginación que pensó que podría estar soñando, aunque el dolor de sus manos le recordara constantemente que estaba anclada a la realidad cotidiana.
Nada más desapareció de su vista, Alejandra sintió un alivio instantáneo, como si sus emociones quedasen totalmente anuladas y se hubieran sustituido por un soplo de paz. Se tumbó sobre el suelo lleno de trocitos de porcelana y trató de no pensar en nada en concreto. Por supuesto no pudo lograrlo y comenzó a repetir la escena del plato en su cabeza una y otra vez.
Crash, sonaba. Crash.
Se incorporó y salió a la terraza. Sintió de pronto que no era dueña de su cuerpo. Se sintió un mero espectador de su vida condenado a observar lo que sus extremidades y las de otros hacían. Mentes libres cuerpos esclavos del determinismo.
Al fin y al cabo, nunca había sido dueña real de su vida. Era un producto, como muchos otros, sazonado con las especias de la sociedad, de la educación de la gente que conocía. ¿Qué culpa tendría de no ser feliz? ¿Por qué no podía conformarse con satisfacer su hambre, o con un orgasmo? Cada día estaba más cerca de averiguar la simplicidad de la vida humana, rodeada de falsedades y ficciones. De ilusiones que querían demostrar una realidad más allá de lo evidente, pero todas ellas acababan por destruirse. Tarde o temprano.
— Quiero honor, quiero fama, quiero ser reconocida. Quiero vestir bien, quiero un príncipe azul—Avanzó a pasos lentos hasta el borde de la terraza—. Quiero matar a alguien. Quiero pasión. Quiero viajar, quiero conocer gente. Quiero impresionarlos— Con dificultad subió a la baranda y quedó suspendida en ella haciendo equilibrios— Quiero sentirme agradecida. Más bien, deseo vivir. Quiero vivir.
En una maniobra arriesgada se dio la vuelta y dispuso a volver a poner los pies en tierra cuando se encontró con el rostro de un hombre que parecía juzgarla severamente.
— Tú no mereces vivir.
Y fue entonces como, Alexander Croux agarró suavemente las muñecas de Alejandra y las empujó con dulzura al vacío.