—
Señorita
Deglane. Por fin, por fin lo encontramos. ¿No es maravilloso?
—
Aquí
está, Bobby. Mira, Bobby — Deglane
abrió los ojos como si viera a Dios alternando la dirección de su mirada entre
la sonrisa de Bobby y el último fragmento—.Todo acabará, todo este sufrimiento
acabará. Ganaremos la guerra.
—
Y
podremos volver a estar todos juntos.
—
Todos
juntos, Bobby. Todos juntísimos. Porque ganaremos la guerra.
La
señorita Deglane taconeó sobre el suelo pronunciando las palabras mágicas. Eran
cuatro, eran incomprensibles, pero no pudo evitar cantarlas. Bobby y ella
bailaron un breve charleston, hicieron que
el gracioso golden retriever brincara
junto a ellos y éste le guiñó un ojo a la señorita Deglane.
Entonces
el animal serpenteó entre las piernas de Bobby, que torpemente se inclinó hacia delante
haciendo que sus labios impactaran con los de Deglane. Ambos se separaron como
por efecto de un resorte y se cubrieron la boca con las manos sin poder
esconder unos pómulos redondeados y relucientes que sobresalían del contorno de
sus rostros.
La
Señorita Deglane, en éxtasis de gozo y con los nervios a flor de piel, continuó
con su plan previsto:
—
¡Niños,
vengan! Necesito su poder. Vamos, Charlotte, vamos, Jeremy, ¿dónde está
Charles?
De
las escaleras surgieron unos cuatro piececitos tímidamente. Ambos asomaron su
cabeza.
—
Está
en el cuarto —dijo Jeremy con la
boca llena de chocolate.
—
Oh,
este crío…— Deglane apoyó las
manos sobre la cintura y caminó a paso firme y furioso sobre el salón. Subió
por las escaleras en un gracioso baile de faldas que cesó al sentarse sobre el
colchón de la cama de matrimonio —Charlie, ¿qué te ocurre?
—
Está
usted loca.
Está usted loca, está usted loca, usted, señora, está… loca…
Tres palabras. Una
es estar, que no es un verbo en sí, porque, ¿qué acción implica estar? Usted es
una palabra de respeto, pero con todo respeto existe cierta distancia y esa
misma medida era con la que Charles quería mantener alejada a Deglane. ¿Y qué sentido tiene esa distancia? Pues es evidente. Porque esa última palabra...
Hubo
entonces algo extraordinario en la expresión de la Señorita Deglane. Cualquier
persona hubiera podido jurar, que durante un mínimo instante, durante una
despreciable fracción de segundo su expresión femenina se agrietó en un
minúsculo hueco, dejando entrever un mundo nada acorde con el espíritu de
religiosidad divertida que propulsaba a chorros a las caras de la gente.
Y tan pronto como apareció la avería, se reparó.
—
Charles, no digas eso.
Bobby
y los niños llegaron al cuarto, escuchando la conversación como espectros enmarcados en el umbral de la puerta:
— Nadie
puede ganar la guerra. Está usted loca de remate. La odio.
Deglane aspiró torpe y profundamente, intentando controlar su pulso acelerado.
—
Charlie, entiendo que pueda ser difícil para ti comprender. Pero si no
crees en mí, poco podré hacer nada por nosotros. Me entiendes, ¿no es así?
Charles
se tumbó sobre la cama ocultando sus lágrimas entre los pliegues de sábanas blancas.
La señorita Deglane dio un suspiro y escondió el cuello pidiendo auxilio con la mirada.
Bobby, asintiendo, se acercó rodeando el perímetro de un círculo invisible trazado alrededor de la cama.
Luego abrió la ventana y se aisló del mundo unos segundos. Por último, se
acercó al colchón y, sentado en cuclillas, puso la mano en el hombro de Charles.
—
Charlie, cuando yo tenía tu edad, también pasé
por una etapa de incredulidad. Quería estar constantemente solo, los problemas
se amontonaban y yo no podía hacer nada por arreglarlos.
Charles no se movió un milímetro.
—
Hasta hace poco —continuó— había sido así
siempre. Siempre huyendo, siempre
rindiéndome. Y entonces llegó la señorita Deglane.
Le cogió la mano. Deglane no parecía
especialmente conmovida, quizás porque no le sorprendieron en absoluto esas
palabras.
—
La señorita Deglane ha abierto un mundo de
maravillosas posibilidades para nosotros. Ella es un rayo de esperanza en un
cosmos roto. ¿Y sabes lo más maravilloso? Que gracias a ella hemos podido
darnos cuenta de nuestro potencial. De que juntos, nuestra magia es infinita.
Porque somos una familia. ¿O no crees eso, Charlie?
—
Sí… —llegó un murmullo ahogado.
—
Pero si no estamos todos, esto pierde sentido. Si no nos comportamos
como una familia, nos quebramos como una ramita seca al viento. Eres
importante, Charlie, tanto como cada uno de nosotros y ahora te necesitamos.
—
No pararemos nada, Bobby. Van a matarnos, y
luego nos-
—
¡Ten fe!
—
¡Ten fe Charlie! —Jeremy salió corriendo a
darle un abrazo a su hermano. Charlotte se unió poco después a regañadientes.
Por último Bobby y Deglane, que empezaba a llorar, pero no entendía por qué.
Caminaron juntos hacia el salón con el ánimo
renovado. Deglane dibujó un pentágono y colocó el último fragmento junto a los
demás, que iluminaron sus contornos en un naranja brillante.
—
¡De acuerdo, muy bien! ¡Vamos a hacer funcionar
esto!
Deglane, Bobby y los niños dieron vueltas
alrededor del pentágono sumidos en una canción llena de dulces y pasteles, de
juguetes y tardes de verano. Tan distraídos se encontraban, que no se
percataron de que los soldados ya estaban entrando en casa, y, una vez los
vieron, no dudaron en dedicarles un disparo a cada uno.
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